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Haro finalizando el siglo de sus luces (II)

Acondicionadas las instalaciones de la estación, el tráfico de mercancías y pasajeros con destino a Bilbao comenzarían su andadura el día 15 de mayo de 1863
Foto cedida por Benigno Gazarain Otegui.

Durante todo el año 1860, y con el fin de socorrer a las familias de los soldados que, por el cupo de la villa, habían acudido a la guerra de África, el Coliseo Municipal (Teatro), inaugurado en junio de 1842, sería testigo de numerosas representaciones de agrupaciones de aficionados jarreros que lograrían recaudar exactamente 12.444,79 reales, que quedarían bajo custodia de Francisco Baltanás. Pero la fortuna quiso que ningún hijo de Haro falleciese y ni que tan siquiera resultase mutilado, por lo que, el 13 de enero de 1861, el Ayuntamiento acordaría que dicha cantidad fuese invertida, exclusivamente, en mejoras para el Teatro, siendo creada, a tal fin, una comisión que integrarían el Primer Teniente de Alcalde Evaristo Pisón, los ediles Manuel Landaluce, Miguel Tornadijo y Manuel Ibáñez, siendo acompañados por los socios de las compañías de aficionados Joaquín Aguiñiga, Ruperto Tornadijo, Manuel Ruiz y Norberto Salazar.

El acuerdo definitivo llegaría el 23 de mayo, una vez pormenorizadas las obras que se realizarían según el plano del ebanista vitoriano Gregorio de Aspiazu, que sería supervisado por el arquitecto Martín de Saracibar que en esta época se encontraba trabajando en Haro para el contratista del ferrocarril Tudela-Bilbao, John Charlesword. La reforma se llevaría a cabo bajo el patrocinio de Ruperto Tornadijo y Miguel Pisón, que deberían invertir 40.000 reales y a quienes, una vez finalizada la obra, se les arrendaría por 10 años. Estas mejoras finalizarían el día 22 de septiembre de 1861, ascendiendo finalmente a 45.602 reales y 17 céntimos incluidos los 1.000 reales de honorarios de Gregorio de Aspiazu.

Obras de la línea férrea Tudela-Bilbao

Ya se habían iniciado las obras de la línea férrea Tudela-Bilbao, y, en 1861, aunque el término de Iturrimurri sería descartado como emplazamiento de la estación de la villa, no lo sería como paso de la vía férrea, hecho que conllevaría a la demolición de la fuente.

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Para su sustitución, sería el ingeniero inglés Ernest Lloyd quien se encargase del diseño de la nueva, que resultaría de un gusto exquisito a la vez que sencillo, situándola de forma que dejaba apreciar el paso del ferrocarril de forma verdaderamente fascinante.

Ahora el problema era encontrar un nuevo emplazamiento para la estación, cuestión que originaría los civilizados enfrentamientos entre los movimientos Pardista, partidarios de situarla en el Pardo, y Cantarranista, inclinados por el término de Vicuana o Cantarranas.

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Finalmente sería elegido el lugar de Cantarranas, pese a contar los Pardistas con mayor número de simpatizantes, incluso de mayor relevancia económica, decisión que sería motivada por la excesiva dificultad que ofrecía la construcción del camino de acceso desde la estación a la calle de El Pardo. Pese al rechazo mostrado por Ayuntamiento y Pardistas, que incluso llegarían a contratar al ingeniero vitoriano Sr. Cuillier para solucionar el problema, la empresa del ferrocarril desestimaría su proyecto por su elevado coste. De esta forma Charles Vignoles, adecuaría el pabellón de materiales de Cantarranas para su funcionamiento como departamento de pasajeros, relegando el proyecto que su hijo Henry y William J. Lewis habían formado para el Pardo.

Acondicionadas las instalaciones de la estación, el tráfico de mercancías y pasajeros con destino a Bilbao comenzarían su andadura el día 15 de mayo de 1863, produciéndose el 31 de agosto del mismo año el definitivo enlace con Castejón.

Efectos del ferrocarril

Pasadas muy pocas fechas, los efectos del ferrocarril comenzarían a dejarse sentir en la villa. Incidencia que sería el principal tema a debatir en la sesión extraordinaria celebrada el día 23 de diciembre de 1864. Reunión en la que estuvieron presentes numerosos contribuyentes y vecinos, previamente citados. El detonante, sería la cuota que el Ayuntamiento debía aportar al Tesoro, 178.102 reales, que fue catalogada como perjudicial para la población, ya que cada uno de sus habitantes debería pagar el doble que el de cualquiera otra localidad de la provincia, incluida la capital, dejándose notar el descontento por las desventajas que la instalación de la línea Tudela-Bilbao había traído.

Y es que, la gran cantidad de arrieros, con recuas de hasta más de seis caballerías, que desde los puertos del Cantábrico transportaban los pescados frescos y salados y los compradores que venían desde Guadalajara, Soria, Zaragoza y otras provincias, habían desaparecido por completo, ya que, ahora, los productos se dirigían casi directamente a ellas gracias al ferrocarril, causando gran merma de consumo y daño económico a la villa. Situación que, se preveía, seguiría aumentando negativamente. Para evitar los grandes sacrificios pecuniarios que debería realizar la población, teniendo en cuenta que el número de vecinos había disminuido, se acordaría nombrar representantes, ampliamente autorizados, para negociar una nueva cuota, por uno, dos o tres años, al Regidor José Buesa y al ahora Asociado Manuel Ruiz Eugercios.

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