Una de sus anécdotas más señaladas se produciría el 23 de marzo de 1896, cuando cuatro individuos causarían graves daños arrojando al suelo la figura del moro y destrozaron el pilón. Según consta en el Acta de la sesión del jueves 26 de marzo los gastos de la reparación correrían a cargo de los gamberros, a los que se impondría una multa de 25 pesetas a cada uno. Castigo que no sería del gusto de todos los ediles, ya que Romualdo Mendoza pediría más severidad, llegando a solicitar su ingreso en prisión.
Este vandálico acto, que conmovería a toda la población, inspiraría a Domingo Hergueta una composición que sería publicada en El Heraldo de Haro el domingo 29 de marzo de 1896 e incluiría en la Segunda Parte de sus Noticias Históricas, en su página 516, diciendo:
‘Declaración del Moro de la Fuente’
Tranquilamente me hallaba
el sábado por la tarde,
asentado en la columna
desde el tiempo memorable
en que Pérez me engendró
y el Síndico Buesa amable
me colocó en este sitio
tan ameno y agradable:
en toda mi edad
(cuento dieciocho cabales)
no me ha ocurrido otro tanto
ni una cosa semejante;
y eso que he presenciado
escenas desagradables,
y palabras atrevidas
y hasta han llegado a faltarme
poniendo en mi diestra mano
sarmiento ó varita infames,
y tirándome á las barbas
sus piedras esos rapaces.
Tranquilo, digo, me hallaba
sin meterme yo con nadie
cuando se acerca una turba
de espigaditos rapaces
que sin menos y sin más
comenzaron á insultarme,
llamándome, perro moro;
insurrecto miserable;
confidente de Maceo;
de Sheranan amigo grande,
con otras muchas lindezas
de que no quiero acordarme.
Viendo que no hacían mella
en mi, palabrotas tales,
vino una lluvia de piedras
sobre mi cuerpo a estrellarse;
pero siendo este más duro
que la misma piedra jaspe
no les daba resultado
su bárbaro lapidarme.
Entonces gritó uno: “Chicos,
una cuerda al cuello echarle
y que este maldito Moro
al suelo venga al instante”.
Dicho y hecho… me la echan
y blin… blan… dale, que dale…
me remueven de mi asiento
y con estrépito grande
al suelo caigo redondo
y echan á correr los cafres.
Yo les perdono la gracia
aunque pesada me sale
que sin dos dedos me quedo
y sin honra que es lo grave:
más si pronto mis patronos
me colocan donde antes
al olvido lo doy todo,
que tengo afecto bastante
a mis buenos parroquianos
á esos pillos, á esos ángeles
que me hacen pasar fatigas
como á los demás mortales.
Esta es la declaración
con las rúbricas legales
que ha presentado ante el juzgado
el moro Abén-Harr, el martes”.
En el año 1900 se abrirían 3.000 hoyas para albergar otros tantos árboles que le darían una frondosidad semejante a la que hoy conocemos. El terreno, hasta finales de siglo XIX, era muy irregular y sus zonas bajas estaban cubiertas por humedales que, con el paso de los años, gracias a las extracciones de tierra autorizadas por la Corporación, iría igualándose, siendo a comienzos del siglo XX en la sesión celebrada el 30 de octubre de 1901 cuando, a propuesta del concejal Fortunato Gil, se aprobaría el saneamiento de toda la demarcación.
El trabajo, que recaería en los braceros que estaban inscritos en el Ayuntamiento, comenzaría una vez realizada la vendimia y finalizaría tras dos meses de trabajo, noviembre y diciembre. En sesión celebrada bajo la presidencia de Jenaro Martín, el 10 de febrero de 1902, se aprobaría un libramiento de 992´14 pesetas como pago de sus servicios.





