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OPINIÓN: “Ocho millones de hormigón y treinta minutos de esperanza”

Queda margen para la esperanza, pero debemos trabajar en comunidad, con proyectos claros, transparentes y evaluables
Viviendas en El Mazo | Foto: @joshybauer para Haro Digital

Un dato para reflexionar: los pisos de VPO en El Mazo se venden en treinta minutos. Media hora. Ese es el tiempo que le dura la esperanza a una familia jarrera en dejar de ser dependientes del casero antes de que el mercado le pegue un portazo en las narices al precio máximo que permite la ley. De vivienda libre, mejor ni hablar. No es éxito de ventas, es la cuerda al cuello de los más humildes. Y, por tanto, la prueba de que no se está sabiendo interpretar la realidad jarrera, o lo que es peor, importa un bledo.

En este contexto, mientras la gente se deja el sueldo por cuatro paredes, El Mazo ofrece un panorama poco alentador: esqueletos de edificios a medio hacer, estructuras de hormigón que llevan años ahí, impasibles, un caso flagrante de desidia. La ausencia de reacción institucional resulta difícil de justificar.

Y en ese contexto aparece el proyecto Ferial Arena. Más de la mitad del presupuesto anual (8 millones) en una infraestructura que se justifica con una falacia: “Es lo que pide el pueblo”. Se sigue así una triste estela de obras públicas que carecen de planes que realmente aprovechen sus virtudes. Un capricho que recuerda a quien paga un crucero sin tener siquiera un hogar asegurado. No me gusta ponerme tiquismiqui en estos artículos, pero un repaso por la pirámide de Maslow no le vendría mal al conjunto de mandamases. El hogar es la base de casi todo.

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Saliendo del “barrio nuevo” pasamos de Guatemala a Guatepeor. El centro de Haro es hoy un conjunto de edificios abandonados que se caen a pedazos. Y en ese deterioro destaca la Plaza de Toros: una pieza histórica (1886) que cualquier ciudad con un mínimo de ambición habría reconvertido ya en un espacio cultural vivo, mediante una rehabilitación integral que protegiera su valor estructural y simbólico.

“Es más fácil inaugurar algo nuevo que cuidar lo que nos define”

Muchos recuerdan el caso del antiguo mercado de abastos. Aquí, en cambio, parece que se apuesta por dejar que el tiempo haga el trabajo sucio. Es más fácil inaugurar algo nuevo que cuidar lo que nos define. Sirvan de ejemplo las muchas ciudades que, con independencia del gusto por los toros, han aprovechado sus plazas con verdadero éxito.

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En definitiva, sin un modelo de ciudad que se tome en serio el dinero público y empiece a movilizar suelo de forma efectiva, este camino tiene un final evidente. Hay que trabajar por un transporte que nos conecte con Vitoria y Logroño con garantías; buscar convenios con fundaciones y asociaciones que nos permitan hacer verdaderos programas culturales y deportivos de impacto en la región; construir y rehabilitar edificios para seguir haciendo posible vivir este maravilloso paraíso que es La Rioja Alta. Programa, programa y programa que decía aquel.

Basta con mirar a otros ayuntamientos, no muy lejos de aquí, para comprobar que existen fórmulas de colaboración público-privada que están funcionando, desde la vivienda hasta la cultura. Tampoco podemos ignorar la existencia de instrumentos legales para intervenir con decisión sobre edificios en estado de ruina, caiga quien caiga. Y aunque los fondos europeos se agoten, sigue habiendo margen para financiar actuaciones concretas, rápidas y útiles, lejos de proyectos vacíos que no son evaluables (sin objetivos ni estrategias de desarrollo).

¿Todo es malo? Claro que no, hay espacio para la esperanza. Me viene a la cabeza el ejemplo del Haro Wine Trail, gente trabajando por una buena causa, atracción de talento, apuesta decidida por el territorio y prestigio deportivo construido poco a poco. Vivimos entre gente que merece la pena.

Por eso, para evitar que el Ferial Arena sea un edificio decadente y la Plaza de Toros un montón de escombros, se debe pensar en la gente, sobre todo los jóvenes y el talento, que aún teniéndolo muchas veces se ignora. Queda margen para la esperanza, pero debemos trabajar en comunidad, con proyectos claros, transparentes y evaluables. Ahí sí habría motivos para la esperanza.

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