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OPINIÓN: “La rebelión de los nuevos escribas”

Renunciar a escribir nuestro propio camino sería aceptar que otros decidan por nosotros qué es posible, qué es justo y qué es inevitable

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Definamos. Los escribas fueron las personas que sabían leer y escribir en un mundo donde casi nadie más podía hacerlo. Se encargaban de llevar las cuentas, escribir leyes y contratos, registrar impuestos y negocios, y copiar libros y textos religiosos. Fueron muy respetados, porque eran el puente entre el poder y la gente común, y sus escritos eran una forma de “vivir para siempre”. En muchas culturas se les veía como intermediarios entre el poder y el pueblo, e incluso como depositarios de una “inmortalidad” basada en la palabra escrita.

Todos sabemos lo que pasó después. Con la llegada del papel, la imprenta y, más tarde, la educación para todos, esa figura fue desapareciendo y dando lugar a otras convirtiéndolas en los nuevos “escribas” de una época en la que la información sigue siendo una de las mayores formas de poder.

El escriba y los medios de comunicación cumplen funciones parecidas en épocas muy distintas: ambos son intermediarios entre la información y la sociedad. El escriba seleccionaba, escribía y conservaba lo que debía quedar registrado: leyes, impuestos, contratos, crónicas o textos sagrados, casi siempre al servicio del poder político o religioso. Los medios de comunicación, por su parte, recogen, interpretan y difunden noticias y opiniones a gran escala, influyendo en lo que la gente sabe, piensa y debate. Mientras el escriba trabajaba en un contexto de poca información y mucho control (muy pocos podían leerlo o cuestionarlo), los medios funcionan en un entorno de sobreabundancia informativa, competencia y, en teoría, mayor pluralidad, aunque también condicionados por intereses económicos y políticos. En ambos casos, quien controla esos canales de información tiene una enorme capacidad de moldear la memoria colectiva y la percepción de la realidad. Pero, quien es el nuevo escriba de hoy? Pues la IA, ¿quién iba a ser si no?

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El escriba y la IA también tienen un papel parecido: ambos se encargan de manejar información para quienes no tienen tiempo, conocimientos o recursos para hacerlo por sí mismos. El escriba leía, escribía y ordenaba documentos para reyes, templos o comerciantes; la IA procesa enormes cantidades de datos, redacta textos, resume, traduce y ayuda a tomar decisiones. La gran diferencia está en el soporte y el control: el escriba era una persona con criterio, formación y responsabilidad directa sobre lo que escribía, mientras que la IA es una herramienta sin conciencia, dependiente de los datos con los que se entrena y de las órdenes humanas. Pero en ambos casos, quien domina estas “plumas” (la de caña o la digital) sigue teniendo una ventaja clave en el acceso y el uso del conocimiento.

La izquierda no puede permitirse ceder el relato ni el rumbo

Desde la izquierda, tenemos un gran reto: debemos convertirnos en los futuros escribas de nuestro tiempo. Ser quienes contemos nuestra propia historia, sin intermediarios ni distorsiones interesadas. Escribir desde el compromiso, desde la memoria colectiva y desde la responsabilidad de medir nuestros valores no como consignas vacías, sino como prácticas vivas al servicio de la sociedad. Anotar, con honestidad, qué estamos dispuestos a dar por los demás y por el bien común.

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La izquierda no puede permitirse ceder el relato ni el rumbo. No debe dejar que el fascismo, aunque se presente con nuevas connotaciones y disfraces modernos, marque nuestra hoja de ruta, nuestros proyectos o nuestra manera de hacer política. Renunciar a escribir nuestro propio camino sería aceptar que otros decidan por nosotros qué es posible, qué es justo y qué es inevitable.

Es cierto que la inteligencia artificial poco sabe de valores y sentimientos, y todavía menos de la experiencia histórica de la izquierda. Pero también es cierto que hay algo que no se puede automatizar ni simular: la fuerza colectiva que surge cuando se trata de defender derechos, dignidad y justicia social. Esa fuerza nace de la conciencia, de la organización y de la voluntad de no olvidar quiénes somos ni por qué luchamos.
Por eso, escribir sigue siendo un acto político. Contar nuestra historia, también.

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Lydia Rojas Aguillo, miembro de la Agrupación Socialista de Haro

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