Descubro por Twitter que hoy es el día mundial contra el acoso escolar. Que ahora se llama bullying. Pues vale, #bullying.

En un reciente congreso de psiquiatría celebrado en nuestro país, salió a la luz que el 70% de quienes lo sufren desarrollan trastornos con el tiempo. También es discutible quién está de verdad trastornado y quien, simplemente, se ha comido (y tragado) un diagnóstico psiquiátrico, pero el dato me encaja.

Quien escribe estas líneas habla muchas veces de su trastorno en su blog, pero no tanto de sus causas. Cuando manifesté mis primeros síntomas de mi trastorno esquizo-afectivo, aquella psiquiatra que me dedicó tan poco tiempo no sabía nada de mí y se limitó a preguntarme por mi consumo de drogas.

El tiempo y la experiencia demuestran que las drogas aceleran, pero no provocan los trastornos. Si no, media España estaría loca, a la luz de los indicadores de consumo de drogas más fiables (las incautaciones de la Policía, los análisis de aguas o los positivos en controles, por ejemplo).

Estamos hechos de pasado. El futuro no existe. Vivimos en el presente. Sartre decía que lo importante no es lo que hicieron de nosotros, sino lo que nosotros hacemos con esto que hicieron de nosotros. Intento hacer lo que puedo de lo que quiero, y lo que quiero de lo que puedo. Y tengo el valor de mirar dentro de mí, y de sentir en vez de vivir totalmente anestesiado (ya he escrito anteriormente que he buscado que me pauten la menor dosis posible de antipsicótico). Porque merece la pena. Lo otro no es vida.

Tenemos que pasar de competir a colaborar, es lo que nos diferenció como especie y nos hizo fuertes. Los de arriba utilizan el divide y vencerás para tenernos controlados

Ruego excusen esta reivindicación personal, si quieren me busco un cartel como hacen todos. Felicito a la red de colegios vasca por estar adaptando el programa finlandés contra el acoso escolar. Animo a todo aquel que lo sufra ahora mismo, como directamente afectado o como allegado. Y a los observadores pasivos, les digo que no tiene ni puta gracia.

Una vez, una chica, hace diez años o así, me dijo, respecto a mis acosadores de la infancia y a lo que yo hacía en aquel entonces con mi vida: “¿Les vas a dejar que ganen?”. Entiendo el planteamiento, y la rabia me viene bien como motor a menudo, pero la competición es parte del problema. El rollo “yo estoy por encima, tú por debajo. Yo soy fuerte, tú eres débil”. Toda esa mierda. Y las jerarquías. Tenemos que pasar de competir a colaborar, es lo que nos diferenció como especie y nos hizo fuertes. Los de arriba utilizan el divide y vencerás para tenernos controlados.

Ya no huyo de todo aquello. Trato de sanar las heridas que cerré en falso, sin haber curado; de ahí que me volviera loco con el tiempo, por tapar y esconder. Hay que conocerse, aceptarse y perdonarse, como me recordó ayer una amiga. Tengo que perdonar a este adulto que soy yo que no defendiera a aquel niño marginado que era entonces. ¿Como para volverse loco? Lo que me volvía loco era seguir huyendo como si todavía me persiguiera alguien.

Mi venganza es ser lo más feliz que puedo

He leído el típico tuit que dice que el acoso lo sufren los más débiles y que no hay que compadecerles sus “lloriqueos”, sino incitarles a defenderse. Suena un poco como cuando les dicen a las víctimas de otras agresiones si se resistieron de verdad. Normalmente, a chicas violadas. Yo mismo me he culpado mucho tiempo por no haber “sabido defenderme”. También para volverse loco. Ahí sí que habían “ganado” ellos. Pero se acabó.
Mi venganza es ser lo más feliz que puedo.

Eso sí, disfruté coincidiendo ya de mayor con uno de aquellos cabrones en unas clases de ‘kick-boxing’ y soltándole un buen derechazo, pero eso es otra historia. Porque, desgraciadamente, ya no puedo volver atrás a repartir más hostias; y porque, afortunadamente, ya no soy yo solo contra el mundo.

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