Con orgullo debemos decir que somos europeos porque, a pesar de estar atravesando una coyuntura compleja, no podemos olvidar qué somos y de dónde venimos (y desde luego, a dónde vamos). Y somos eso, somos Europa, somos España, Francia, Italia, Andorra, Alemania, etcétera. Un conglomerado de naciones bajo el denominador común del proyecto europeo. Un grupo cada vez más junto, y unas naciones cada vez menos naciones. Porque es hacia eso hacia donde debemos ir. Hacia un espacio integrado y único, que sea capaz de hacer frente a los desafíos que se presenten en cada momento, dándoles una respuesta firme entre todos.

El acuerdo fue firmado por Luxemburgo, Italia, Francia, Alemania Federal, Bélgica y Países Bajos. Posteriormente, fueron alcanzándose nuevos acuerdos para que hoy, año 2017, vivamos inmersos en el que es el mayor proyecto de integración entre naciones.

Demasiadas pocas veces oímos hablar de uno de los motivos por los que se creó la Unión. Por no decir que es el motivo más importante y evidente: evitar enfrentamientos bélicos mediante una cooperación creciente, para alcanzar metas comunes que a todos nos benefician. Porque no nos olvidemos de que el germen de lo que hoy conocemos como Unión Europea surge en un periodo de reconstrucción y posguerra para evitar precisamente dichos enfrentamientos.

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Desde otro prisma, teniendo en cuenta el contexto económico en el que nos encontramos, en el que la globalización es una realidad, con cada vez mayor protagonismo, es imprescindible valorar el entorno económico internacional desde la coherencia.
Esto es, asumiendo el hecho irrefutable de que necesitamos entornos que sean propicios de cada vez una mayor competitividad, así como garantes de un sistema económico sólido y solvente, que sea capaz de enfrentarse a las diferentes coyunturas.

Pero para abordar todos estos retos de futuro, no podemos pasar de los problemas que hoy nos acechan

Para esto, la actual crisis debe servirnos como elemento referencial para aprender de nuestros errores, y corregirlos de cara al futuro. Avanzar en la unión bancaria, para que ésta, junto con la unión monetaria ya existente, garantice una salud óptima de nuestro sistema financiero y, por ende, el económico. Avanzar también hacia la unión fiscal, para que nos sirva como herramienta para acercarnos a ser un conjunto más justo e igualitario, también en términos económicos.

Pero para abordar todos estos retos de futuro, no podemos pasar de los problemas que hoy nos acechan. Países como Reino Unido que deciden irse, o partidos políticos emergentes que trasladan mensajes anti-europeos y contrarios a la integración. Quizá ha llegado el momento en que la Unión Europea debe hacer autocrítica y preguntarse las razones por las que no hemos sido capaces (o no lo estamos siendo) de dar respuesta a retos como el drama de los refugiados, el ascenso de los populismos o, simplemente, razones económicas como la crisis del euro.

Sólo si abordamos los retos del futuro asumiendo y conseguimos corregir nuestros fallos del presente, los europeos podremos alcanzar el sueño: el sueño de los Estados Unidos de Europa.

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