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Las tabernas de Haro

La mayoría de los que iban a echar el cuarto, tenían costumbre de dejar en el jarro un poco de líquido que luego arrojaban al suelo

No es descabellado decir que en Haro el atractivo para los visitantes que goza de más simpatías es el Casco antiguo, donde sus estrechas calles reúnen el mayor número de establecimientos de hostelería, antiguamente denominadas tabernas.

Ojeando un antiguo diario, en un artículo elaborado por Ramón Aguilera, su corresponsal en Haro, me llamó la atención su visión sobre las Ordenanzas municipales aprobadas por el Ayuntamiento, presidido por Ildefonso Pisón, el día 22 de mayo de 1894, destacando la número 62, que decía: «En las tabernas que se abran al público se verificará la venta de vino por el interior, prohibiéndose en absoluto la expedición de bebidas por las ventanillas ó tableros abiertos en las fachadas, con objeto de conservar siempre libre y expedita la circulación por las aceras y calles».

«A la mujer que servía el vino se la llamaba jarrera»

Aclaro que, en aquel tiempo, se denominaba taberna a un portal que tenía una ventana abierta a metro y medio aproximadamente del suelo; siendo colocado en el antepecho de la ventana un tablero de madera y sobre él un cántaro de barro, las medidas y los jarros. «A la mujer que servía el vino se la llamaba jarrera, ya que antiguamente no se utilizaba para beber vino otro recipiente que el clásico jarro, siendo lógico deducir que esta es la razón de que a los harenses se nos denomine también con el gentilicio de jarreros».

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El que acudía a comprar vino, o a beberlo, porque en estos establecimientos no se vendía otra clase de bebidas, se quedaba en la parte de afuera, esto es, en la calle, donde resultaba casi imposible el tránsito. Curiosamente en la mayoría de estas estrechas calles se ponía un brasero con lumbre, que servía para asar sardinas, chuletillas, etcétera, que llevaban los que iban de ronda.

La contraseña para saber dónde se había echado vino, según la frase del pueblo, consistía en una escalera de mano, con unas ramas de árbol, colocada en la esquina más próxima.

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La mayoría de los que iban a echar el cuarto, tenían costumbre de dejar en el jarro un poco de líquido que luego arrojaban al suelo, pero algún gracioso aprovechaba la ocasión para arrojárselo a lapersona que le viniese en gana, no importándole que fuese una bella señorita quien pasase con un bonito traje para echárselo a perder. Algo que nos hace recordar, en plena calle, la todavía inexistente o incipiente Batalla del vino, que no Romería de San Felices.

Las tabernas de Haro 1

Ante tanta desfachatez, gamberrismo o incultura, Aguilera finalizaría preguntando al alcalde: «¿Conoce Vd. este artículo de las Ordenanzas municipales? En caso afirmativo ¿por qué consiente Vd. que el vino se despache en la forma que se hace? porque no solo lo prohíben las Ordenanzas en absoluto, sino que lo reprueba el sentido común y lo rechaza la idea de progreso que debe estar en el ánimo de todos. Además, a los dueños de tabernas ¿se les causa algún perjuicio con obligarles a que cumplan la ley?

Ninguno; antes al contrario, puede asegurarse que saldrían ganando, porque muchos de esos que llegan a la ventana, beben y se marchan, quizás sin pagar, al entrar adentro, quizás bebiesen más, dejando, por lo tanto mayor ganancia.

De estos hechos han pasado 128 años, y realmente se ha mejorado, pero no creo ser el único jarrero en darse cuenta que parte de la hoy denominada Herradura necesita más que un buen lavado de cara para acoger el turismo enológico, civilizado, al que aspira el Ayuntamiento.

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