Uno de los héroes de acción de todos los tiempos es, sin duda, 007. Y de mi niñez también. El mejor agente al servicio de Su Majestad ha tenido un montón de rostros distintos, desde un duro Sean Connery, un fugaz George Lanzenby, un divertido Roger Moore, un correcto Pierce Brosnan o un brutal Daniel Craig. Sin embargo, hay dos películas que recuerdo con cariño de la sega. ‘Alta tensión’ y ‘Licencia para matar’.

La primera significó la presentación de Timothy Dalton, un galés, como James Bond. Frío, bebedor y más duros que otros. Pero, la verdad, es que no fue muy querido. Roger Moore dijo que no en 1986 a próximas entregas y los productores pensaron en Sam Neill, un australiano.

Sin embargo, aparecieron de repente los nombres de Dalton y Brosnan. Y si Brosnan no encarnó antes a 007 fue sencillamente porque la serie Remington Steele, su contrato, lo mantuvo alejado del estrellato.

Pero la pistola le llegó a Dalton que realizó una gran labor. Infravalorado hasta decir basta. Alejado del tono guasón de Roger Moore y muy entero en las secuencias de acción. De hecho, su escena en el arranque del filme en Gibraltar es de lo mejorcito. Y algunas otras muy recordadas como la huida en violoncello o la escena con el cochazo Aston Martin Vantage, con kit de invierno, láser y toda la virgen. De esos momentos del cine con los que uno se queda cuando tiene 9 años.

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