Para hablaros empezaré por definir el miedo. El miedo es una emoción que surge como respuesta ante una amenaza o peligro percibido, ya sea real o imaginario. Es una reacción natural y automática que varía en intensidad, desde una leve inquietud hasta un pánico profundo. El miedo también refleja nuestra conciencia de la vulnerabilidad y la finidad humana, enfrentándonos no solo a amenazas externas, sino a la angustia existencial frente a lo desconocido y la mortalidad. Así, él miedo es tanto una respuesta instintiva y protectora ante un peligro como una reflexión sobre nuestra propia existencia y la incertidumbre que ésta conlleva.
El miedo que ha atravesado tanto la historia como los conflictos globales actuales, se conecta con el miedo que sienten muchas personas frente a un futuro incierto, donde la vida y la dignidad están amenazadas, ya sea por la violencia, la guerra o la degradación del planeta. La lucha por la salvación del medio ambiente y la equidad se convierte en una forma de resistencia frente a ese miedo, una lucha por la vida en todas sus formas.
Hoy muchos tenemos miedo. Tienen miedo las víctimas de genocidios, de las guerras o del hambre. Un miedo extensible en todo el planeta a la crisis medioambiental. Todos nos enfrentamos al mismo temor de la desaparición, ya sea la muerte de individuos, comunidades, culturas o incluso del mismo planeta.
Crisis medioambiental
La crisis medioambiental no solo genera un miedo que es un peligro inmediato al que nos tenemos que enfrentar (como el cambio climático, la extinción de especies o desastres naturales), sino que también genera una angustia existencial: el temor a perder nuestro hogar, el ecosistema que nos sustenta, y, lo más importante, nuestra propia supervivencia como especie. Las generaciones actuales y futuras podrían sentir ese mismo miedo a ser borradas de la historia, a que la Tierra, tal como la conocemos, ya no exista.
El ecofeminismo, que conecta la lucha por la justicia ambiental con la igualdad de género, añade una dimensión de lucha social y política. Las mujeres, especialmente en comunidades vulnerables, a menudo experimentan de forma más directa las consecuencias de la crisis medioambiental. Para ellas, este miedo no solo es sobre la pérdida de la vida y la biodiversidad, sino también sobre la lucha por su identidad, su territorio y su derecho a vivir con dignidad. Mujeres que luchan por un mundo más justo en tiempos complicados, mujeres que defienden la Tierra y que temen no solo por su propio futuro, sino también por la justicia social que se desvanece con la destrucción ambiental.
El miedo nos enseña que el temor, en sus diversas formas, ha sido siempre una constante en la lucha por la justicia, la dignidad y la vida. Pero ese miedo no debe paralizarnos. El miedo que sentimos al enfrentarnos nuevamente al fascismo, que hoy resurge con nuevas formas, es el mismo miedo al que se enfrentaron, no hace mucho, personas con valentía en tiempos de represión. Hoy, la izquierda, los movimientos feministas, los defensores del medio ambiente y los pueblos oprimidos de todo el mundo, debemos tomar ese miedo y convertirlo en fuerza.
El fascismo, en sus múltiples manifestaciones, busca destruir no solo cuerpos, sino también historias, memorias y futuro. Busca despojarnos de nuestra humanidad, de nuestras raíces, de nuestra dignidad. Pero lo que no puede destruir es nuestra capacidad de resistir, nuestra solidaridad y, sobre todo, el amor que tenemos por la vida. En este contexto, el miedo que sentimos ante su regreso no es un miedo de rendición, sino un miedo que nos moviliza, que nos recuerda lo que está en juego.
Defensa del planeta
La izquierda hoy enfrenta un reto similar al de aquellos que lucharon contra el fascismo en el pasado: la necesidad de enfrentar un sistema que quiere callarnos, fragmentarnos, hacernos sentir que estamos solos. Pero la historia nos muestra algo claro: el miedo solo tiene poder cuando nos separa. Cuando, en lugar de escondernos, nos unimos, nos encontramos en el amor y la lucha colectiva, ese miedo se convierte en energía transformadora.
Hoy, cuando las voces fascistas levantan la cabeza y la crisis ambiental sigue avanzando, debemos recordar que el miedo puede ser nuestro aliado si lo transformamos en acción. No se trata de dejar de sentir miedo, sino de usarlo para reconocer la urgencia de nuestra lucha. Cada paso que demos para defender el planeta, para defender la justicia social, para defendernos a nosotros mismos, es un paso que desarma a quienes intentan sembrar el terror y la desconfianza. El amor por la Tierra, por las futuras generaciones, por los derechos de todos los seres humanos, es más fuerte que cualquier intento de deshumanizarnos.
El ecofeminismo, la lucha por la justicia ambiental y la resistencia contra el fascismo tienen una raíz común: el amor por la vida en todas sus formas. Y aunque el miedo nos visita, nuestra fuerza es más grande. Juntos podemos transformar ese miedo en resistencia, en valentía, en un cariño radical por un futuro libre, justo y lleno de esperanza.
Que no nos tiemble la mano ni el corazón al enfrentar lo que está por venir. Porque lo que más teme el fascismo es nuestra unidad, nuestra pasión y, sobre todo, el amor con el que defendemos el futuro.
Por Haro: por una ciudad resiliente, sostenible y humana.
Lydia Rojas es miembro de la Agrupación Socialista de Haro





