Es ley de vida. “Todo llega al final, porque se inicia una nueva etapa y ahora no puedes hacer lo que hacías hace diez años, y dentro de otros diez no podremos hacer lo que hacemos hoy”. Enrique Bastida, superada la barrera de los 65 años, asume con una mezcla de tristeza y cariño, al fin y al cabo, la despedida del Bar Benigno tal y como lo hemos conocido los últimos 34 años. El miércoles pasado, junto a su mujer Charo Carrillo, vendió sus últimos pinchos y sirvió sus últimos vinos. Fue una despedida, pero también una fiesta.
“Este puente hemos vivido un caos maravilloso. Hemos trabajado muchísimo y mucha gente ha venido a despedirse. El miércoles hasta me dieron una sorpresa que me emocionó mucho. Estoy muy agradecido”, reconoce Bastida, que en estos momentos de decir adiós a la barra del bar donde ha estado toda la vida se acuerda de sus padres y de sus hermanos. “Me acuerdo y me da pena, pero es ley de vida”, dice Bastida, que confiesa tener también una ilusión: “Me gustaría que el bar siguiera funcionando igual que lo hizo con nosotros y que incluso nos superaran, porque ése siempre ha sido mi afán: superarme cada día e intentar hacer mejor las cosas”. Por eso no se aparta de echar un cable a la persona o personas que alquilen el bar cuya venta se oficializará en breve. “Nosotros hemos vendido el bar, el tema proveedores y recetas es un caso aparte. Ahora los compradores lo pondrán en alquiler y yo no me aparto de ayudar y aconsejar a las personas que vengan”, detalla.
“¡Venga esas patatas!”
Con nostalgia, Bastida recuerda cómo tomó el relevo de sus padres, manteniendo toda la esencia que vivió en el local junto a sus hermanos Manuel y Begoña, incluso aquel mensaje que se convirtió con el tiempo en todo un eslogan repetido mil veces: “¡Venga esas patatas!”. La historia del Benigno, nacida en la planta baja de La Concordia, se desplazó después a pocos metros, a la plazuela Juan García Gato, donde Enrique compró una lonja a su padre y montó el bar que ahora cierra la persiana por un tiempo indeterminado. Veremos a ver.

Con el paso del tiempo, el Bar Benigno se ha hecho un hueco destacado en el universo gastronómico de la localidad, con su barra a rebosar de deliciosos pinchos, unas patatas de quitar el sentido gracias a su misteriosa salsa y un vistoso catálogo de vinos. Visita obligada para los visitantes y tradicional bar para los parroquianos. “Hemos disfrutado mucho con nuestro trabajo y de nuestra fiel clientela. Día tras día, desde que llegábamos y comenzábamos a preparar con mimo la barra para que estuviese de exposición”, señala a la vez que destaca el buen funcionamiento que ha tenido siempre el bar: “Todos los meses llegábamos a despachar casi mil kilos de comida”. Al menos 600 eran de patatas con la salsa mágica y otros 250 kilos de orejas rebozadas, otro de sus pinchos estrella. El resto, igual de ricos: pimientos rellenos, alcachofas con bacon, lomo, hígado…
Pero Bastida no quiere despedirse sin dar las gracias a su “fiel clientela” y “si he cometido en algún momento algún error o he dado alguna mala contestación, les pido perdón de verdad. Yo siempre he querido trabajar lo mejor posible y dar el mejor servicio a mis clientes, pero nadie es Dios y todo el mundo se equivoca”.

Ahora, con el paso del tiempo los recuerdos se agolpan y también las mil y una anécdotas. Bastida rememora con una sonrisa el espejo del antiguo bar que servía de casualidad para constatar las patatas que se comían los clientes: “El plato con las patatas estaba a la vista y la gente venía, comía y luego te decía cóbrame cinco, cóbrame tres… Mi padre, que tenía su gracia, le dijo a una persona muy conocida de Haro que le iba a sacar la máquina de rayos X porque sabía que se había comido más patatas de las que había dicho”, recuerda riéndose.
Porque recuerdos y anécdotas detrás de una barra hay mil. Como las imágenes que describía Roberto Rivera en las páginas de El Correo esta semana: “La chavalería jugando a las máquinas de petacos, la llegada del primer televisior a lo alto del rincón de entrada, las compras a cuenta y el reparto de las rondas entre el personal desde una barra que parecía inalcanzable”. Y todo con el mismo soniquete de fondo: “¡Venga esas patatas!”.





