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361 relatos breves ‘Sobre enfermeras’ y una ganadora: Beatriz Elías Jiménez

Nursing Now La Rioja convocó un Certamen de Relatos a todos los ciudadanos mayores de edad sobre el mundo de las enfermeras
Premio Relato Breve sobre en enfermeras

En lo que está siendo el ‘Año Internacional de las Enfermeras y Matronas’, Nursing Now La Rioja convocó un Certamen de Relatos a todos los ciudadanos mayores de edad, independientemente de su nacionalidad o lugar de residencia.

Los trabajos debían ser relatos breves, escritos en lengua castellana, debiendo ser rigurosamente inéditos pero relacionados con “el mundo de las enfermeras” en cualquiera de los aspectos, roles, experiencias, vertientes, estilos, reales o imaginarias. La extensión máxima debía ser de dos páginas, y cada autor podría presentar un máximo de dos trabajos.

Relatos llegados desde tres continentes

Cerrado el plazo para la recepción de estos relatos, al final se han recibido 361 originales, de tres continentes, siendo Europa la que más ha aportado con 215 escritos, la mayoría de España, con procedencia de las 17 Comunidades Autónomas españolas, destacando la participación de la Comunidad de Madrid de donde han llegado 39 relatos; de Cataluña, 25 y de Andalucía 20, aunque ha habido relatos de Holanda, Reino Unido y Alemania.

De América se han recibido 145, siendo la máxima participación de Argentina (45) seguida de Cuba (21) y Venezuela (19), entre los 16 países de los que se han recepcionado estos originales incluidos los Estados Unidos y Canadá. Finalmente del continente asiático se ha recibido un relato desde Israel. No obstante, como algunos autores podían presentar dos escritos, la participación de escritores ha sido de 342, de los cuales, 206 llevaban la firma de un varón y 136 de una mujer.

Y de todos los relatos leídos por el jurado, decidieron que el ganador era el titulado ‘Ocaso’ que una vez abierta su plica había sido firmado por Beatriz Elías Jiménez, siendo su lugar de procedencia Logroño. Los finalistas corresponden a los relatos ‘Pabellón 5’ de Armand Kálmán, de Madrid; ‘El sistema’ de José Ramón Alonso Peña, de Salamanca y ‘Gracias, ojos negros y brillantes, como el azabache’ de Alfonso Cajigas Delgado de Alcalá de Henares.

Premio de 500 euros

La ganadora ha recibido su premio de 500 euros en visita realizada al Colegio de Enfermería de La Rioja –al vivir en Logroño–, a quien le ha hecho entrega de su diploma, el presidente de los colegiados riojanos, Pedro Vidal.

Beatriz Elías Jiménez es una logroñesa que estudió Periodismo en Pamplona, y seguidamente se fue a trabajar a Madrid, para volver a La Rioja hace 4 años, donde desarrolla su vida profesional. “Siempre me ha picado el gusanillo de escribir porque por mi profesión estoy muy ligada a contar cosas, pero escribir algo de ficción siempre me había tentado. Soy más lectora que escritora, pues desde pequeña me ha gustado leer mucho. Desde 2012 vengo escribiendo un poco más en serio, acudiendo a cursos de relatos y desde entonces no he parado. Escribo por placer y de vez en cuando me presento a algunos concursos como el actual”.

Un concurso –continúa Beatriz Elías Jiménez– que ha ganado con un relato basado “en la historia de una enfermera que se jubila y por ello llega su ocaso, al dejar el hospital. Como mi madre es enfermera y ya está jubilada, me basé en ella para escribir el relato, contándome sobre todo cómo ha sido su profesión de enfermera. La fuente la tenía en casa y ella ha sido la que me ha descrito cómo eran las enfermeras de los años 70, como era la formación en el hospital o la relación que tenían con otros profesionales y el tratamiento con los pacientes. Mi madre me contó algunas historias, relacionadas con el curar que luego adapté para el relato”.

Un relato que le ha valido el convertirse en la ganadora de este Certamen y que le ha producido “una gran ilusión, ya que estaba pendiente de la decisión del jurado. Recibí un mensaje a través del correo electrónico y nada más leerlo me produjo mucha ilusión, más aún al entrar en la web del Colegio y saber de la alta participación de originales”.

El recopilatorio del relato ganador, finalistas y una selección de los recibidos se pueden leer en la web del Colegio de Enfermería de La Rioja en este enlace.

Relato ganador

‘Ocaso’, de Beatriz Elías Jiménez

Observo el pasillo velado a través del cristal del centro de control de enfermeras. Es casi media noche y solo veo el silencio que reina en la segunda planta. Una tos de fondo y algún suspiro penden en aquel interminable pasillo iluminado por las luces de emergencia. Todavía no sé si llorar de alegría o de pena por dejar esa planta, esos pacientes, esa vida en el hospital.

Hoy será mi última ronda y tampoco sé si quiero que se haga corta o larga la noche. Recuerdo la primera vez que llegué a ese hospital. Vestida con cofia, delantal blanco que apenas me llegaba a las rodillas y la bata azul, seguía diligente a la jefa de las enfermeras que recitaba, según pasaba por las habitaciones, las dolencias de los que habitaban dentro.

-115, infección pulmonar; 114, angina de pecho.

Yo asentía a todo con una sonrisa para apuntar mentalmente lo que había detrás de esas puertas metálicas.

-Señorita, esa cofia, no la lleva bien colocada. Y el pelo, bien recogido.

La jefa de enfermeras sermoneaba durante el recorrido. Y nosotras movíamos milimétricamente esa cofia que nos identificaba como enfermeras.

Miro ahora el pijama blanco como la espuma de la marea que llevamos como uniforme. Sostengo el paso del tiempo en cada atuendo que he llevado: azul, verde, blanco… Lo voy alisando con las manos mientras camino recitando los números y las dolencias. Ahora en la 112 hay un maestro que ha recaído de su cáncer de colon y que escribe poesía; y en la 114 hay un ama de casa a la que todos los días le llega un ramo de flores para que recobre la alegría. Se lo coloco junto a la ventana todas las tardes.

–Doña Mariana, vaya ramo de petunias que le han traído hoy –le digo en cada visita.
–Ay, no sé quién estará más tiempo aquí…

Esta noche permanezco junto a su puerta a modo de despedida y en un susurro le digo que saldrá del hospital, que seguro que tendrá tiempo de recibir más flores en su casa. Aunque nunca he estado segura de mis intuiciones; mi memoria vuela hasta el señor Roberto, que murió casi cuando parecía que le iban a dar el alta. Siempre daba los buenos días con una sonrisa que le abarcaba desde la nariz a la barbilla y, aunque le costase respirar, se reía con el chiste que tenía preparado desde las ocho de la mañana. Se empeñaba en presentarme a su hijo: “Un ingeniero muy majo que vive en Madrid”. Intento guardarme cada vida que se va; es un pequeño homenaje cuando observas entubado al pesimismo y la tristeza.

Escucho pasos al fondo del pasillo, quizá sea una urgencia; yo debo controlar la medicación de los pacientes en planta, pero mi corazón se acelera. ¿Será grave? ¿Habrá sido un accidente? Recuerdo las primeras veces, justo recién diplomadas, que nos mirábamos unas a otras preguntándonos qué sería, era como comenzar un viaje en una montaña rusa. Entonces aparecía el doctor Rangún caminando a la velocidad de un viento encabritado para dirigirnos. Yo le seguía recogiéndome mi bata con los manguitos en los bracos y, junto a él, entrábamos en las habitaciones. Administrábamos los antibióticos y los calmantes a la orden de su voz cavernosa. Veíamos al doctor Rangún como un oso que salía de su letargo en las emergencias; recitaba las dosis entre gritos, moviendo sus brazos como aspas de molino, para incitarnos al movimiento y apartarnos del gotero para que la enfermera veterana se hiciese cargo.

Y una vez que las líneas de las máquinas adquirían sus picos y valles compatibles con la vida, las enfermeras novatas nos hacíamos cargo de la situación aplicando cada dosis con precisión milimétrica y cuidando al paciente como una madre vela a su hijo recién nacido. Entonces el doctor Rangún regresaba a su cueva resoplando como un tren abandonando la estación.

Una vez lo seguí hasta sus dominios, ya llevada varios años en el hospital. Estaba cansada de su baile frenético en cada situación límite. Así que solo le dije “un poquito de empatía, por favor, nada más. Y menos voces, que no somos tontas”. Fue mi osadía, mi rebeldía. Pero cada vez que hubo una emergencia ya no salía como un oso, sino como un gato de su guarida.

Los pasos se van apagando en mi caminar atento. Abro cada puerta y veo el reposo de la enfermedad en un anciano, en una mujer, en un joven. Me acerco hasta la cama de Luciana, recién operada de apendicitis, para suministrarle su dosis de ampicilina.

–Buenas noches –me susurra.
–¿Cómo estás?
–Gracias –y cierra los ojos.

Quedan un par de horas para terminar mi turno .Para colgar el pijama con mi nombre. Y, pendiente de cada sonido, de cada luz, de cada paciente, me alejo por ese pasillo iluminado como una puesta de sol.

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