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OPINIÓN: “Agua clara, gestión turbia”

La información se ha dado con cuentagotas, con los plazos mínimos posibles y sin explicar nada a la ciudadanía
Foto: Plataforma en Defensa del Agua Pública

Desde hace un tiempo, varios vecinos y políticos de Haro y la región me han estado preguntando por la cuestión del agua en nuestra ciudad. Sin embargo, hasta ahora no he sido capaz de dar una opinión fundada. No estoy en el Ayuntamiento ni tengo información oficial, pero tras el esperpento de esta semana creo que algo se puede decir. El bochorno que nos está haciendo pasar la política nacional parece que se traslada a la municipal y, francamente, me siento avergonzado.

La externalización del servicio de aguas de Haro no es la privatización que denuncia la oposición, pero tampoco la hazaña que vende el Gobierno municipal. Lo verdaderamente grave está en las formas y maneras de actuar de un equipo de gestión que parece que ha perdido el contacto con la realidad.

El pasado jueves 29 de octubre, el pleno extraordinario del Ayuntamiento de Haro se convirtió en algo más parecido a un ring que a un órgano de debate. Fuera, una cacerolada. Dentro, una carrera por ocupar las sillas antes que el adversario.

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La oposición, encabezada por el PSOE y la plataforma ciudadana del agua (también movida y organizada por el propio PSOE, hay que decirlo todo), había preparado una especie de ‘performance’ para escenificar su rechazo. El equipo de Gobierno —Ciudadanos, Partido Popular y Por La Rioja— respondió con sus propias estratagemas: abrir antes de la hora, llenar la sala de familiares y afines al partido y dejar fuera a quien llegase después (hubo alguna excepción, como la familia del concejal de Vox, Iván Rivera. Entraron de milagro y, precisamente, gracias a ello conocemos el cambalache organizado por el Gobierno). Nadie salió bien parado. Cuando un pleno se gana por ocupación de butacas, quien pierde es el vecino que quería escuchar.

Conviene empezar por lo que no es. Lo aprobado no es una privatización del agua. El agua seguirá siendo del Ayuntamiento, igual que las redes, los depósitos y las instalaciones. Todo seguirá siendo público. Lo que se externaliza es el mantenimiento. Una empresa se encargará de él durante un contrato de tres años, prorrogable uno más, a cambio de 2,64 millones de euros.

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Mezclar ambos términos genera ruido, y de ruido han vivido los dos bandos. El Gobierno local se dedicó en el pleno a un panegírico a su medida: poco menos que estaban salvando a Haro de quedarse sin agua. La oposición, por su parte, ha inflado la externalización hasta presentarla como la venta de un bien común.

Dicho esto, la oposición tiene razón en lo esencial: el asunto se ha llevado con secretismo. La información se ha dado con cuentagotas, con los plazos mínimos posibles y sin explicar nada a la ciudadanía. Transparencia, cero.

Lo confirmó sin quererlo el propio Luis Salazar en su intervención. Dijo que había que ser valiente para hacerlo y que sabían que la medida sería impopular. Traducido: se ha intentado que hiciera el menor ruido posible.

El argumento estrella del Gobierno es, como casi siempre, culpar al pasado. Pero tras casi cuatro años de mandato, la excusa se agota. Si el diagnóstico estaba tan claro, ¿por qué no figuraba en su programa ni se planteó al principio de la legislatura?

No se puede ir por la vida sacando pecho cuando, al escarbar un poco, el relato no se sostiene. Basta con hablar con la brigada del agua para oír otra versión. Su queja es que no llegan a todo porque se les usa como chicos para todo. Recados aquí y allá, al albur de lo que pida el concejal del ramo. Y nadie les preguntó su opinión antes de decidir que su trabajo lo haría otro.

“Los 2,64 millones son un acto de fe”

Externalizar no tiene por qué ser malo. Lo malo es pagar una cantidad tan abultada sin saber si había una alternativa más barata, ni si la brigada rendía mal o simplemente estaba mal organizada. Sin ese diagnóstico, los 2,64 millones son un acto de fe.

El caso destapa un problema mayor: la opacidad con la que funcionan las brigadas municipales. Se piden trabajos que se hacen tarde, mal o nunca. Se prioriza sin criterio conocido, con un oscurantismo que roza lo caciquil, tanto con los empleados como con los vecinos.

Hace falta trabajar sin demagogia para que el Ayuntamiento funcione mejor en lo cotidiano. La transparencia no es un adorno: explicar por qué, dónde, cuándo y cómo se gasta ya mejora la gestión. Existen metodologías probadas en todo tipo de instituciones. Objetivos a corto, medio y largo plazo, indicadores para medir si se cumplen y explicaciones cuando no se llega. Nada de eso requiere valentía; solo voluntad.

En el agua había un problema y se ha intentado resolver. Pero las maneras han sido deleznables. No es un caso aislado. Esta misma semana se ha conocido de nuevo la mala comunicación en autobús de Haro: escasa y, encima, con vecinos que se quedan tirados con lo poco que hay.

Haro tiene todo para ser la gran perla del Ebro: ubicación, naturaleza, paisaje y economía. Y, sin embargo, corre el riesgo de quedarse como una isla, una ciudad pequeña que envejece en cierta decadencia. No por falta de recursos, sino por una gestión más que discutible.

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