Nuevamente, gracias a Intermón Oxfam, tenemos las cifras de la desigualdad en el mundo y en España, y surgirá el debate de si los ricos (Ortega, Slim, Gates…) lo son porque se lo merecen o no. Rechazo ese debate. No voy a entrar en él, porque lo que yo defiendo es que los pobres no merecen ser pobres. Y creo que las riquezas de unos serían imposibles sin la pobreza del resto. Es decir, los ricos no crean riqueza, en contra de esa opinión tan popular. Y más aún, contribuyen a que impere la pobreza.

El sueño americano es la pesadilla mundial. Esa fantasía capitalista yanqui de que cualquiera puede llegar ‘a lo más alto’ desde abajo con su talento y su esfuerzo, y que cada vez cala con más fuerza en nuestro entorno a través del coaching, la motivación y la autoayuda mal entendidas, fomenta la cultura del sálvese quien pueda, la ley de la selva y la desigualdad extrema que, por sí misma, no es tan mala si estás arriba, pero pobre de ti (nunca mejor dicho) si te ha tocado debajo.

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Según los datos de la ONG, ocho personas, grandes empresarios y hombres todos ellos, acumulan la misma riqueza que la mitad más pobre de la población mundial, es decir 3.600 millones de personas. Entre 1988 y 2011, los ingresos del 10 por ciento más pobre de la población mundial aumentaron en promedio sólo 3 dólares al año, mientras que los del 1 por ciento más rico crecieron 182 veces más, a un ritmo de 11.800 dólares al año.

Además, las mujeres sufren mayores niveles de discriminación en el ámbito laboral y asumen la mayor parte del trabajo de cuidados no remunerados. Estamos hablando de nuestras madres, hermanas, hijas o abuelas, como esa pensionista de 90 años que se ha hecho viral tras reclamar la igualdad en la Sexta.

En cuanto a España, ha registrado 7.000 nuevos millonarios en 2016. Visto así, parece que el sueño de hacerse millonario está más cerca para cualquiera. Pero mientras fantaseamos, la brecha sigue creciendo, porque la realidad es que solo tres personas concentran la misma riqueza que 14,2 millones de ciudadanos españoles. Amancio Ortega, su hija Sandra y Juan Roig (Mercadona) poseen tanto patrimonio como los habitantes de las Comunidades Autónomas de Madrid y Barcelona en su conjunto.

En nuestro imaginario colectivo, habita la figura del rico filántropo, que crea fundaciones y comparte su riqueza con los más necesitados. La realidad dista mucho de ser así. Como decía Julio Anguita, en este mundo es difícil amasar fortunas siendo buena persona. Y mucho menos, cumpliendo con su deber como ciudadanos a través de Hacienda. La fuga de capital a través de paraísos fiscales supone el 58 por ciento del déficit estimado de la hucha de las pensiones para 2017. Mientras tanto, las familias soportan la mayor parte del peso tributario, al aportar el 84 por ciento de la recaudación frente al 13 por ciento de las empresas.

Otro factor de desigualdad es que ahora trabajamos para ser pobres.

Pero claro, en el imaginario popular, Hacienda son unos ladrones. El Partido Popular no ha contribuido a que pensemos otra cosa: ha subido los impuestos mientras recortaba en servicios sociales, el llamado ‘austericidio’. Es decir, nos ha quitado más para darnos menos. Pero claro, con los ‘rojos’ habría sido peor. Ya lo decía el abuelo, que los socialistas gastan dinero que no es suyo. Para dárselo a los vagos y maleantes, sólo le faltaba decir.

Otro factor de desigualdad es que ahora trabajamos para ser pobres. Queríamos solucionar el desempleo, sólo porque veíamos en el trabajo una garantía de bienestar, pero eso se ha ido al garete y se ha convertido en otro espejismo, como el sueño americano.

Pero hay otra mentira peor, más peligrosa, que nos hemos tragado: la fábula del crecimiento económico ilimitado. Porque los poderosos sólo parecen acordarse de que la economía se basa en que los recursos son limitados cuando lo esgrimen para recortar en servicios sociales, y mientras tanto, se les llena la boca al hablar del crecimiento, y a la par celebran convenciones, foros y congresos para fingir que quieren salvar el planeta. A ver, seamos serios: primero hay que elegir lo uno o lo otro. Ecologismo o crecimiento sin límites.

Y en segundo lugar, ¿cómo nos afecta el crecimiento en el plano doméstico? Si a usted no le han subido el sueldo, e incluso se lo han bajado, ¿le consuela saber cuánto ha crecido este año el Producto Interior Bruto de su país? ‘¡Hemos salido de la recesión!’, celebran. Pues felicidades. ¿Y los demás, los de a pie, cuándo saldremos?

En definitiva, sacrificamos nuestro tiempo y nuestra salud, nuestras vidas en suma, a cambio de ingresos cada vez más miserables y ninguna estabilidad, para el lucro de unos pocos, mientras la filosofía del sálvese quien pueda y que sobrevivan sólo los más aptos, como en la selva, nos lleva a creer que cada cual tiene lo que se merece. Y no, señor. Los pobres no merecen ser pobres, y nuestros descendientes merecen un planeta habitable que permita su existencia.

¿Alternativas? El socialismo está tan desacreditado por su mala aplicación por sucesivos regímenes comunistas, que las nuevas izquierdas incluso se desligan de esa doctrina. Comienza a asomar un nuevo movimiento, el decrecentismo, que propugna trabajar, producir y consumir menos para salvaguardar nuestro tiempo, nuestra salud, nuestro bienestar, poder conciliar la vida laboral y familiar, y a la par dar una oportunidad a las generaciones futuras con la preservación así del planeta.

Saco la bandera para saber si hay alguien ahí o predico en el desierto. Y me permito recordar un chiste. Un experto escribe en una pizarra: ‘El crecimiento pone en peligro nuestras vidas’, y nadie se inmuta. Desesperado, cambia el mensaje: ‘El crecimiento pone en peligro la economía’, y consigue el sobresalto general. Si no les he enganchado con mi apelación a la supervivencia, ¡piensen al menos en su bolsillo! ¿O es que se creen clase media? ¡Pringados! No estamos en la media. Estamos a años luz de las fortunas de Ortega, Gates o Slim. Virgencita, virgencita, que me quede como estoy. Más vale malo conocido… Pues disfruten lo sostenido.

Nuestra especie comenzó a prosperar gracias a la colaboración, que beneficia a todos, y se la va a cargar la competición, que favorece sólo a unos pocos. No se conforme con ser el penúltimo. ¿No aplaude usted la ambición? ¡Pues aspire a más! ‘No soy gilipollas’, argüía la pensionista en la Sexta la otra noche. Ni usted tampoco. A ver si empezamos a demostrarlo en vez de soñar con imposibles. El ‘si ése ha podido, tú también’ es una falacia, el truco del palo y la zanahoria. Usted es más listo que todo eso.

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