De redes, listos y tontos en tiempos de pandemia

Las redes sociales se desvuelven en los regímenes democráticos avanzados con una libertad que suele resultar incluso constitucionalmente garantizada por éstos

Por todos es sabido que las redes sociales constituyen unos magníficos elementos de información e intercambio de opiniones; elementos que, utilizados con rectos fines, reflejan particulares posiciones que pueden resultar compartidas por unos y rechazadas por otros. De aquí debería nacer un sano y enriquecedor debate: un contraste de opiniones racionalmente fundamentadas.

Las redes sociales se desvuelven en los regímenes democráticos avanzados con una libertad que suele resultar incluso constitucionalmente garantizada por éstos. Sin libertad (ya sea de pensamiento, de opinión, de expresión o de información) no puede existir una democracia real.

Marco normativo

Como consecuencia de todo lo anterior, resulta totalmente imposible en un estado democrático vedar o limitar la facultad de que cualquier ciudadano, haciendo uso de sus individuales y legalmente amparados derechos, acceda libremente a las redes y plasme en ellas cuanto considere oportuno en cada momento. Lógicamente, esto tiene sus consecuencias.

El marco normativo en el que nos movemos también protege los derechos que todo individuo tiene en defensa de su honor, de su intimidad y de su propia imagen. Éste sería el primer y más directo límite a la por otro lado necesaria y ya citada libertad de expresión.

El problema -de hecho, que no de derecho- surge cuando, ejerciendo como tales y dentro del ámbito amparado por la Ley, aparecen los listillos aprovechados y los tontos a secas. Los primeros, movidos por espurios o interesados fines, tratan de movilizar opiniones en pro de la búsqueda de en la mayor parte de las ocasiones ocultos pero siempre indecentes objetivos; los segundos, desde su profunda ignorancia, no hacen otra cosa que no sea bailar el agua a los primeros.

A la mayoría de los primeros, a los listillos, se les aprende a diferenciar por su petulancia, su indisimulado gusto por aparecer en los medios con una inusitada frecuencia y por su “enciclopédicos conocimientos” -igual peroran en torno a la ética como a la perlética o incluso a la pelapelambrética-, aunque no dejan de ser unos simples “sofistas” -en el peor de los sentidos del término sofista-. A los segundos, a los tontos, no hace falta nada para aprender a diferenciarlos, se les ve a la milla: son los palmeros de los primeros y se muestran como tales ellos solos.

Unos y otros han encontrado en estos difíciles días de pandemia un hábitat ideal de auto-exhibición. Afortunadamente los primeros no parecen reproducirse a gran escala, aunque su “raca-raca” sube de volumen hasta alcanzar la estridencia. Los segundos sí, los segundos aparecen debajo de las piedras a una velocidad sorprendente y desde sus teclados pergeñan unos textos que -por ilegibles- parecen estar escritos en una clave que sólo ellos conocen, pero que no dejan de ser sino la evidente demostración de que, antes de darle a la tecla, no habían hecho un frecuente uso del bolígrafo.

Eso sí, listillos y tontos afilan en estas fechas sus cuchillos preseleccionando a sus víctimas. Algunos de ellos, no han podido esperar más y ya han saltado a la arena del anfiteatro… ¡Que Dios les pille confesados!

Víctor Rosales

  • Si quieres expresar tu Opinión, puedes enviarnos tu Artículo a través de nuestro correo electrónico info@harodigital.com o a través de nuestro WhatsApp 681 187 817. Valoraremos su publicación.

Comentarios