Los psicofármacos también son drogas. Es decir, sustancias psicoactivas que generan adicción, dependencia y que son dañinas, causan perjuicios. Efectos secundarios, se llaman. Será por no llamarles daños colaterales, otro maldito eufemismo.

Ésta es una de las principales conclusiones del reportaje ‘Las píldoras de la felicidad’, elaborado por el equipo del programa ‘Equipo de investigación’ y que vi este pasado viernes en La Sexta. Como caracteriza a ese espacio televisivo, la pieza de anoche tenía un toque sensacionalista, pero su enfoque me pareció del todo oportuno y necesario.

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Porque el consumo de ansiolíticos, hipnóticos y antidepresivos se ha triplicado en 20 años en España. Consumimos más que en Estados Unidos. 4 de cada 10 españoles toman pastillas para dormir. ¿Pero cómo va a ser malo, si me lo ha recetado el médico?, se dirán ustedes. Señores, la heroína la inventó Bayern. Las drogas no son nada nuevo, no son algo que apareció espontáneamente en los 80, en forma de ese opiáceo que he mencionado y que se llevó tantas vidas jóvenes. Por cierto, otros opiáceos, como la morfina, nos acompañan al final de nuestros días, aliviando nuestro dolor; aceleran el trance, nublan la consciencia, pero los hemos aceptado, y no seré yo quien los rechace cuando me toque. No.

Al igual que hemos aceptado esos sedantes para los moribundos, hemos acogido, como inofensivos incluso, a los psicofármacos en nuestras vidas. Toda la prevención que demostramos ante otras drogas se esfuma ante la prescripción médica, y después, cuando descubrimos que estamos enganchados a la pastilla o que nos ayuda a conciliar el sueño pero sin mejorar la calidad de éste, y que cada vez necesitamos una dosis mayor, ya es tarde. Nos ha pillado desprevenidos, a todos.

Quien escribe estas líneas le vio por primera vez las orejas al lobo en sus carnes a los 21 años. Por aquel entonces, ya consumía antidepresivos desde hacía unos meses. Realmente los necesitaba, sumido como estaba en pensamientos recurrentes e improductivos que me hacían sufrir la angustia y la amargura. El antidepresivo, de nombre Dumirox, me alivió aquellos síntomas.

Así que no puse pegas cuando el doctor, ante un brote de ansiedad, me recetó un ansiolítico, Tranquimazin de nombre comercial, cuyo genérico es el Alprazolam. No recuerdo de cuántos miligramos era la dosis, algo en lo que aprendería a fijarme con el tiempo. Pues bien, consumí aquella primera caja en dos semanas. ¿Qué serían, 28 comprimidos? Dos al día no parece tanto. El problema surgió cuando se terminó, mi médico no estaba disponible y tardé en ir a urgencias. Ansiedad, insomnio… Entonces supe lo que era el famoso ‘mono’.

Como he dicho, las drogas no son algo nuevo. La mayoría las consumimos, las hayamos adquirido en el bar, en el estanco, en la farmacia o en el mercado negro. Con receta o sin ella. Adulteradas o con excipientes inofensivos. Con sus efectos deseables, que son los que vamos buscando: calma, placer, estímulo, desinhibición, alegría, el que sea, según la sustancia y el efecto que en ese momento produzca en nosotros, y que dependerán no sólo de la persona y de la situación, sino también de la dosis y de su combinación con otras drogas.

Y con sus efectos perjudiciales para nuestra salud y nuestras vidas, sobre todo si abusamos. Todavía no han inventado la droga perfecta. Cada uno tiene que saber, en base a su experiencia, lo que le conviene y lo que no; y, si carece de ella, debe ser prudente.

Es un mundo terriblemente complejo que excede con mucho aquella visión simplista de ‘la droga mata’, y si no que se lo digan a los padres de la niña muerta recientemente por un coma etílico, o a los fans de ‘Trainspotting’, esa película mítica sobre un grupo de yonkis escoceses cuya segunda parte se estrenará en enero y cuyos protagonistas, lejos de estar muertos, protagonizan también esta segunda entrega.

Tan complejo, que no cabe en este artículo, por supuesto, pero lo que pretende esta pieza es decirles: por favor, tengan cuidado. Alcen la guardia. Todos queremos alivio para nuestro sufrimiento o, por qué no decirlo, mero disfrute, el placer por el placer; pero no sale gratis. Ni aunque se lo recete el médico.

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3 Comentarios

  1. La clave, como siempre, es el uso y no el abuso. Y desgraciadamente casi todas esas sustancias producen tolerancia y hay que usar más cada vez. Es un asunto difícil. Pero es sorprendente que hallamos llegado a ser uno de los países del mundo donde más se usan. Supongo que por la situación social, que es extrema, aunque no lo parezca.

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