Este Domingo de Resurrección, en Ezcaray, las miradas han vuelto a elevarse. No por azar, sino por costumbre. Porque cada Domingo de Resurrección, este rincón de La Rioja Alta convierte el cielo en escenario y la plaza en un pequeño universo donde llueven historia, dulces y monedas.
Las llamadas aleluyas son mucho más que ese instante en el que billetes y caramelos sobrevuelan la multitud. Son una tradición con raíces que se hunden, al menos, en el siglo XVI, cuando desde la balconada de la iglesia se repartían limosnas entre el pueblo . Con el paso de los siglos, aquel gesto evolucionó hasta convertirse en uno de los rituales más singulares y esperados de la Semana Santa riojana.
Hoy, como ayer, vecinos y visitantes se reúnen frente a la iglesia para vivir un momento que escapa a cualquier explicación racional. Es emoción compartida, es infancia que se repite en cada generación, es la memoria que se materializa en el aire antes de caer en las manos de quien espera.
En un municipio donde la tradición sigue marcando el pulso cultural y festivo, las aleluyas son también una declaración de identidad. Ezcaray, conocido por su riqueza cultural y su fuerte arraigo a las costumbres populares, mantiene vivo este rito como parte esencial de su patrimonio colectivo.





