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«Es triste decir adiós a toda una vida de trabajo, pero también es necesario»

Por ello mira a cada una de las máquinas que le han acompañado a lo largo de esos 66 años de pasión y entrega, algunas incorporadas cuando su abuelo estaba al frente del negocio, y se le humedecen los ojos

Yturbe pone fin a su dulce andadura en la calle de la Vega. En ese espacio encontró espacio la histórica pastelería y su obrador, una vía que ya ha perdido otros establecimientos estrechamente ligados al recorrido vital de Haro como La Carpa, Prieto, Montoya, La Concordia, Viela, La Mallorquina, Berrozpe y Olarte, La Italiana, Abaigar o Fermín.

Pastelería Yturbe pone fecha de caducidad a su negocio. Será el 31 de diciembre, con el cierre del ejercicio contable y antes de la apertura del año 2022. Así baja la persina y deja fuera del circuito sus tartas, pasteles, turrones y trufas. ¡Ay qué trufas!

66 años apegado al olor dulce del chocolate

Es muy comprensible que Chema Yturbe, el último confitero de la familia, esté estos días trasteando entre las máquinas que fueron adquiriendo desde su abuelo y su tío, a su padre y hasta él, yendo de aquí para allá, realizando los últimos encargos y también recordando viejos tiempos. Es consciente del paso que va a dar a sus 79 años y después de 66 apegado al olor dulce del chocolate y la nata, del bizcocho y el hojaldre, y hasta de la mermelada de uva que ha logrado elaborar sin matiz de azúcar que lo envuelva.

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«Uno no sabe cómo empiezan las cosas», asegura Chema, pero ahora tiene al menos la oportunidad de decidir «cómo van a acabar». Es una reflexión que hace entre pastas y aderezos, junto a su mujer Mari Carmen, haciendo un descanso en el obrador de la calle Herrera, una planta por encima de la pastelería que atiende al personal en la calle de la Vega.

A Chema le pusieron porque ahí estaban tirando del carro su abuelo, tío y padre. Echó una mano en el taller y, aunque andaba «en esa edad en la que no sabes lo que realmente quieres», acabó finalmente cogiéndole el tranquillo a todo lo que iba aprendiendo, se puso el delantal a los 13 años «para limpiar, barrer y subir pesos» cuando el horno se encontraba en el último piso de otro edificio, y acabó tomando medida al oficio, para sin comerlo ni beberlo, verse viajando a ferias en Madrid con apenas 16 años para aprender mucho más.

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«Mi hermano Manolo, que había montado otra pastelería en Logroño, decía que tenía envidia de mí al no poder asistir a las ferias porque a él, haciendo frente a los créditos y gastos que asumía entonces, no le quedaba apenas tiempo después del trabajo, y yo le pasaba a la vuelta todo lo que había aprendido», recuerda Chema recordando una etapa que condujo a otras en las que siguió creciendo en su empleo.

"Es triste decir adiós a toda una vida de trabajo, pero también es necesario" 1

Chema reconoce que «es triste decir adiós a toda una vida de trabajo en el oficio, pero también es necesario», asumiendo que la ausencia de su hijo José Mari (fallecido en accidente de tráfico en 2003) y las cuantiosas inversiones que debería acometerse para dar continuidad a su hija Noemí hacen imposible una prórroga en la trayectora de la firma que más dulce y aromático hizo el paseo de la Vega, con trufas y barquillos con merengue, tabletas de chocolate y caremelos de producción propia que llegaron a conocerse como ‘coreanos’.

Por ello mira a cada una de las máquinas que le han acompañado a lo largo de esos 66 años de pasión y entrega, algunas incorporadas cuando su abuelo estaba al frente del negocio, y se le humedecen los ojos. No es para menos. «Me he ido despidiendo de todas ellas cada día», y seguro que lo seguirá haciendo hasta el último día del año. «Me han acompañado durante todo este tiempo», desde que lucía apenas 13 años. Y con ellas recuerda cómo llegaron sus antecesores de Alhama de Aragón, cómo se vino su abuelo de Bilbao para trabajar en una confitería y se enamoró de su abuela, cómo animó a su padre a adquirir una amasadora primero y una laminadora después en Pamplona, cómo se decidieron a abrir una fábrica de chocolates en Vigo por consejo de la familia Martínez-Lacuesta, o cómo la de Haro fue vendida a un empresario de La Bañeza cuando comenzaban a asomar las grandes cadenas del sector, como Elgorriaga.

"Es triste decir adiós a toda una vida de trabajo, pero también es necesario" 2

Así llega el momento de decir adiós. Haro pierde a otro de sus grandes inquilinos, a uno de esos comercios que la hicieron más grande en otros tiempos, y se queda sin otro emblema de su historia. Chema, con su mujer Mari Carmen Contreras, sus cuñados José Contreras y María Jesús Ruiz, su hija Noemí y su nieta Chenoa, empieza a descontar los días a un calendario que escondía vidas y con ellas almas, y se hace a la idea de lo que está por llegar en Nochevieja, aunque seguro que la despedida nunca será amarga.

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