Justi González, ‘alma mater’ junto a su marido, y Maestro Quesero Jesús Martínez, de Lácteos Martínez-Queso Los Cameros, se suma a las cerca de 200 empresas que, desde hace 42 años, el Club de Marketing de La Rioja ha reconocido por su excelencia, contribución al desarrollo económico de la región y beneficio para la sociedad.
El Patronato, conformado por Argraf, el Grupo Emesa, Diario La Rioja, Rivercap y UNIR, y que en esta edición ha contado con el apoyo de Ibercaja, concede anualmente 6 galardones. Uno de ellos, el Premio Mercurio Vida Empresarial otorgado a Justi González en su calidad de Fundadora de la empresa riojana Lácteos Martínez-Queso Los Cameros.
González recibía este premio con una amalgama de emociones, entre las que destacaba el recuerdo a su marido, a quien dedica el premio, y el “orgullo” de poder compartirlo con sus hijos, nietos y biznietos. Un presente que como madre le reconforta, porque tras tantas décadas sus frutos son una familia unida en torno a valores sólidos, al queso y a una filosofía de empresa que, aunque cambien los tiempos, no se resquebraja. En ese sentido, Javier Martínez, segunda generación y actual Maestro Quesero, continúa innovando una tradición heredada de sus padres. “Un respeto absoluto por la materia prima, por las ganaderías y por una forma única de elaborar un producto que sigue marcando la diferencia por sus cortezas naturales”.
Una historia de amor, actitud y queso
Han pasado más de seis décadas, 62 años para ser exactos, desde que Justi González fundara junto a su marido, el maestro quesero Jesús Martínez, una pequeña quesería en Haro.
Actualmente, esta empresa situada en el corazón de La Rioja Alta exporta su amor por el queso gracias a una extensa gama de productos en los que la creatividad, el mimo por el producto y el compromiso por las cosas bien hechas son parte de esos ingredientes que, aunque no tienen forma tangible, tocan el fondo de quien los saborea. A esta materia prima se suma un valor que, lejos de caducar, también crece sostenido en el tiempo: los lazos familiares que unen, y mucho, y la tradición que la segunda generación ha heredado, con orgullo, de sus padres y fundadores.

Justi González es, con la tenacidad y la humildad que le caracteriza, responsable de esas raíces firmes cuya textura es agradable, y delicada, como el queso. No lo tuvo fácil, como era habitual en aquella España, esforzada y callada, que crecía en blanco y negro. Desde niña, Justi ordeñaba un rebaño nutrido de cabras, cuidaba de sus hermanos mientras sus padres trabajaban en el campo y, tras llegar del colegio, al que iba de 9 a 12, realizaba las tareas domésticas.
“Teníamos 60 o 70 cabras y, con una burra, llevábamos las berzas para que comiera el ganado. Hacía la comida a mis hermanos mayores y se la llevaba a la cantera de piedra donde trabajaban. Mi vida ha sido correr y correr, y trabajar, sin las comodidades que existen hoy en día. Era una época muy dura en España”, cuenta González.
Hoy en día, esta trabajadora infatigable, dialogante y muy positiva, se siente orgullosa de la empresa que, con importantes dosis de perseverancia y trabajo duro creo junto a su marido, Jesús Martínez. Actualmente, sus hijos dirigen esta empresa quesera con el poso del pasado y con el trabajo, y la creatividad, que impone un desafiante siglo XXI.

La gran familia que comenzó con aquel matrimonio de emprendedores y sus 4 hijos también se extiende a otras generaciones ya que, a lo largo de estas seis décadas, numerosas familias de ganaderos, de distribuidores y de empleados de la empresa harense siguen creyendo, y participando, del sueño que forjaron los fundadores de Lácteos Martínez-Queso Los Cameros.
Un ideal que nació de una historia de amor, la de Justi y Jesús, y de un pequeño negocio de venta de queso fresco en Haro allá por 1961. “No me creo hasta dónde hemos llegado.” suele decir la fundadora mientras sonríe al recordar aquel tiempo pasado y de mudanzas. “Recuerdo como si fuera ayer el día que desafiamos la oposición familiar a nuestra relación. Finalmente nos casamos y, embarazada de 4 meses, nos instalamos en Bilbao para regentar un pequeño puesto en el mercado, donde vendíamos mantequilla y membrillo”.
Y de ahí de nuevo a Haro, donde comenzaron a hacer queso fresco en el Camino de Alméndora, el domicilio familiar en los años 60 y en cuya planta baja se instaló la quesería. “Mi marido me indicaba cómo hacerlo, yo lo elaboraba y Jesús era el que lo vendía. Siempre agradeceré que las monjas nos dejaran esa pequeña casa, con el huerto, para comenzar a crear este sueño que comenzó con el queso fresco”.
De aquel pasado quedan muchas semblanzas. Las más ingratas, la dureza de meter y sacar el queso de la sal, y los inviernos en los que el frío calaba, literalmente, los huesos. Recuerdos residuales comparados con la felicidad con la que evoca aquella época en la que los niños comenzaron a dotar de otro significado la palabra hogar: ese que te regala los mimbres necesarios para ser quien eres, para perseverar sin miedo a pesar de lo que venga y a heredar las pasiones familiares que, en el caso de los Martínez-González, saben a queso. A queso añejo para no olvidar el pasado y a queso fresco para saborear el presente.



