No hace falta ser apocalíptico para ver que algo se ha roto en nuestro tiempo. Basta mirar, aunque sea unos segundos, más allá de la pantalla del móvil. La muerte del ser humano ya no es una metáfora: se mide en cuerpos, en silencios y en cifras que deberían helarnos la sangre.
Se manifiesta en los genocidios contra el pueblo palestino en Gaza, contra el pueblo armenio en Nagorno-Karabaj, en Tigray (Etiopía), en la República Democrática del Congo, en Darfur y en tantos otros pueblos borrados de los titulares y de las conciencias. Se manifiesta en el hambre que mata a 21.000 personas al día, 8.500 de ellas niños. Una vida perdida por desnutrición cada 4 segundos. Mientras usted lee esta frase, alguien muere porque no tiene qué comer. Podríamos hablar de “fallos del sistema”, de “conflictos complejos” o de “crisis humanitarias”. Pero no es un accidente: es una elección. La humanidad está firmando su propia acta de defunción a base de indiferencia, codicia y desmemoria.
Sin embargo, la muerte que más nos cuesta mirar es otra: la muerte de la vida.
Vivimos una crisis silenciosa, pero devastadora: la desaparición acelerada de la vida en nuestro planeta. Mueren alrededor de 150 especies cada día. Más de 55.000 al año. La mayor extinción desde los dinosaurios. La ONU lo dice con claridad: no es un proceso natural, sino una extinción provocada por el ser humano: destrucción de hábitats, deforestación, agricultura intensiva, contaminación, cambio climático, sobreexplotación de recursos.
Nos encontramos en una nueva gran extinción masiva. Y en ella nos jugamos mucho más que la biodiversidad como palabra bonita de informe institucional. Nos jugamos la seguridad alimentaria, el agua, la salud, la estabilidad social, la paz. Nos jugamos la vida tal como la conocemos.
Nunca habíamos tenido tanta información
Nunca habíamos tenido tanta información científica, tantas alertas, tantos informes y cumbres internacionales… y, sin embargo, nunca habíamos actuado tan despacio. No es la falta de datos lo que nos paraliza, es la falta de voluntad. Nos refugiamos en un optimismo tecnológico que roza la superstición: ya inventaremos algo que nos salve sin exigirnos ningún cambio real. Es la fe ciega en una evolución que, si seguimos así, dejará de llevarnos hacia adelante para pasar por encima de nosotros.
Porque la evolución nos atropella cuando confundimos desarrollo con destrucción, crecimiento con acumulación, bienestar con consumo. Nos hemos creído la especie elegida y hemos olvidado lo esencial: dependemos del suelo que pisamos, del agua que bebemos, del aire que respiramos, de las plantas y animales que hoy desaparecen en silencio. Cada bosque arrasado, cada río convertido en cloaca, cada especie extinguida es un hilo que arrancamos del tapiz que sostiene nuestra propia existencia.
Invertir en medio ambiente no es una opción ideológica ni una excentricidad ecologista. Es una necesidad vital. Invertir en medio ambiente es invertir en resiliencia, en sostenibilidad, en paz, en humanidad. No se trata de “salvar el planeta” —el planeta seguirá, con o sin nosotros—, sino de decidir si queremos seguir formando parte de él y en qué condiciones.
Podemos seguir fingiendo que la protección de la vida es un lujo para tiempos mejores, que primero hay que “crecer” y ya luego, si acaso, “verdear” un poco el sistema. O podemos aceptar la verdad incómoda: no habrá futuro digno sin un giro radical en la forma en que producimos, consumimos y nos relacionamos con la naturaleza y entre nosotros.
La evolución no es una escalera que subimos sin esfuerzo, es un proceso del que podemos quedar fuera. No porque la naturaleza “se vengue”, sino porque estamos desmantelando las bases materiales de nuestra propia supervivencia. Si insistimos en avanzar como hasta ahora, la evolución no nos esperará cortésmente: sencillamente, nos pasará por encima.
La pregunta es si vamos a seguir siendo espectadores resignados de nuestra propia desaparición o sí, por una vez, vamos a estar a la altura del título que nos dimos: seres humanos. Porque todavía estamos a tiempo. Invertir en la vida —toda la vida— no es idealismo: es el más básico de los realismos. Lo demás, lo que hoy llamamos progreso mientras contamos muertos y especies desaparecidas, tiene otro nombre: suicidio colectivo.






¿Cómo envío mi comentario?
Para poder enviar un comentario es necesario estar registrado en Haro Digital. Esto es así porque damos valor a los debates sanos, transparentes, y sin censura y queremos evitar ataques personales o comentarios de mal gusto que se escudan en el anonimato.