‘Las luciérnagas’, un relato dedicado a Labastida en tiempos de pandemia

María Pesos, profesora de la ikastola de la localidad, escribe un cuento en el que quiere poner en valor "lo que tenemos" y que sirva para concienciar a generaciones futuras

La ikastola de Labastida fue el primer centro educativo en cerrar sus puertas. La OMS aún no había calificado el brote de coronavirus como pandemia y España no habia declarado el Estado de Alarma, pero en el mismo momento en el que el centro cerró por precaución, una de sus profesoras entendió que la situación era más grave de lo que parecía.

María Pesos es profesora de lengua en la ikastola y tutora de una clase. No se considera escritora. “No siempre estoy inspirada, pero cuando hay algo que me toca la fibra, que me emociona, lo llevo al papel”. Lo hace desde muy pequeña, pero siempre habían sido textos sólo para ella. “Eran diarios, cosas que escribía pero sólo para mí”, nos cuenta.

Pero a raíz del Araba Euskaraz, la fiesta que realizan las ikastolas alavesas para recaudar dinero y potenciar el uso del euskera, María perdió “por obligación” esa vergüenza. Al ser ella mediadora con los medios de comunicación, éstos le pedían textos y ella “con mucho gusto” se ponía al lío. Este mismo año escribió también un artículo para una publicación local que lucha contra la discriminación y que fomenta la igualdad entre todos. En él hablaba de la historia del frontenis femenino en Labastida y del poder que tiene el deporte femenino en general.

La historia de ‘Las luciérnagas’ le salió sola. “En media hora la tenía escrita”. Surgió en uno de sus paseos desde el pueblo hasta el convento, antes de que se decretara el Estado de Alarma en el país. “Me siento en un banco y desde allí puedo ver el pueblo a las faldas del Toloño. Una noche distinguí una luz y era una luciérnaga. Me di cuenta de lo grande que es tener todo esto y que quizás no lo ponemos en valor como merece”. Esa noche María se cruzó con un hombre que paseaba a su perro y ahí surgió todo.

“Al principio sólo escribí la parte de la conversación en el banco, pero una amiga me convenció para participar en un concurso de cuentos. Necesitaba un relato de 1.000 palabras y añadí el principio en el que quería poner en valor todo lo que tenemos y que no queremos que se pierda para siempre”, destaca María, que desea que su relato sirva para algo. “Me gustaría que sirviese al menos para concienciarnos de cara al futuro. Firmo si al menos les vale de algo a mis hijos y a sus nietos”.

“Las luciérnagas”

Todas las tardes me siento en el mismo paseo. Labastida ha sido el pueblo que me vio nacer, remanso de paz, rincón de alegría, pueblo medieval, villa de tierra fértil, campos de viña, caldos de vida. Miro el Toloño, en sus faldas cuida mimoso el pueblo, lo acaricia y lo tranquiliza cuando tiene frío. Majestuosas se levantan sus dos iglesias, sus casas escuchan embelesadas el repicar de sus campanas. Me gusta oír sus fuentes en el silencio. Me gusta oir su gentío. Añoro mis días jóvenes, recuerdo participar en todo, frontenis, danzas, carnavales, la ronda

Me encantaban las épocas estivales porque se llenaban las casas, el calor de la gente vibraba y se contagiaba. Tengo grabadas todas sus caras, todos los momentos que morirán conmigo en calma.

Está anocheciendo y siento la brisa recorrer mi cuerpo, me encanta sentir como se pone la piel de gallina. Me siento viva, me gusta salir a la misma hora, cuando va a entrar en sol en su refugio. Me gusta pensar que él también descansa, aunque en el fondo sé que va a dar calor a otro lugares, que va a levantar a otros seres. Y entonces empieza a aparecer la princesa de mis sueños, aparece humilde, tímida y cuando sale la luciérnaga, la ayuda a brillar. Porque las luciérnagas también iluminan la oscuridad.

Esa tarde fue diferente, sentí que me trasladaba 40 años atrás con el relato que estaba a punto de escuchar. Todavía recuerdo aquellos días de sol de marzo de 2020, las viñas asomaban vergonzosas sus primeros brotes. Recuerdo ese sábado frente al televisor, las lágrimas brotaban con cada noticia, con cada mensaje, con cada expresión. Un país, y más países antes y posteriormente, fueron declarado en estado de alarma, nos teníamos que quedar recluidos, para que el virus que venía de China, el maldito coronavirus, parase. Sólo los héroes podrían ir a trabajar.

A lo lejos dos siluetas lentas, lograron sacarme de mis pensamientos. Los veía avanzar, iban de la mano. El niño ayudaba al abuelo a caminar. Era habitual ver a los nietos, junto sus abuelos. En mi época también era así, la diferencia era que ahora los niñ@s sabían escuchar más. Habían aprendido el valor de las palabras después de aquella pandemia de aquel fatídico marzo de 2020.

Se sentaron junto a mi, entrelazamos cuatro frases, me encantaba mirar los ojos de las personas. Inundaban de amor mi alma y además me estremeció ver con el afecto que se trataron ambos.

'Las luciérnagas', un relato dedicado a Labastida en tiempos de pandemia 1

Seguí inmersa en el paisaje pero cuando su conversación fluyó, me atrapó:
-Hijo, te voy a contar una historia, ven, siéntate.
-¿El qué abuelo?
-Mira estas fotos, ven.
-Ese móvil está obsoleto abuelo, no se ve en 5D.
-Ay hijo, aprendí a darle el valor a las cosas a raíz de una historia que viví hace 40 años, allá en el año 2020.
-¿Qué pasó abuelo?

-Creíamos que lo teníamos todo, éramos de hierro, sólo pensábamos en nosotros mismos, a pesar de que la tierra lloraba. Vivíamos frenéticamente, aunque nuestros hijos nos pedían a gritos atención, no escuchábamos, nos limitabamos a darles lo que nos pedían y así callaban. No nos enseñaron a pelear, como lo hicieron nuestros abuelos, nosotros ya lo teníamos todo. Sólo mirábamos como unos tenían mucho y otros poco, como unos venían desde sus países y morían de hambre y otros teníamos los bolsillos llenos, y otros se los llenaban más. Pero nada importaba, porque estábamos gordos de desmesura, de vanidad, de egoísmo, de soledad en definitiva.
-¿Que triste abuelo, no jugabáis?

-Yo si jugué, jugué al escondite, a la rayuela, a todos los juegos que jugáis hoy, jugábamos a estar juntos, a callejear, a polis y cacos, pero tu mamá los tuvo que aprender, después de que el planeta nos diera un tirón de orejas.
-¿A qué jugaba mamá?
-Mamá jugaba a ser mayor, jugaba a sacarse fotos y colgarlas, jugaba a relaciones ficticias y sin valor, jugaba a querer aparentar, a querer ser lo que no era.
-Yo no conozco ese juego, abuelo.
-Mejor, hijo, y espero que no lo conozcas nunca.

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-¿Qué pasó?
-Pasó, que un día una sociedad entera entró en pánico, pasó que una pandemia hizo que los gobiernos de diferentes países metieran a la gente en sus casas. De repente el mundo frenético se paró de golpe. No sabíamos que estaba ocurriendo. ¿Cómo era posible si éramos invencibles? Si estábamos en la era tecnológica, en la era de… En la era de nada, de eso nos dimos cuenta hijo. Lo que nunca tuvo valor pasó a ser de primera necesidad, el pan cobró un valor especial, empezaron a salir héroes sin capa que no sabíamos que existían, los héroes que tu mamá y papá creyeron, no eran héroes de verdad. Los que empezaron a cobrar una importancia especial, porque se dejaron la vida por los demás fueron: cajeras de supermercado, médicos, enfermeros y enfermeras, personal sanitario y de limpieza, reponedores, camioneros, panaderos, policías… La sanidad y la investigación entonces cobraron un lugar que nunca habían tenido. Éramos vulnerables, los hospitales públicos se quedaban pequeños, no había mascarillas, ni geles, ni alcohol, la gente se llevaba el papel higiénico como si el mundo fuera a acabarse.
-¿Porqué el papel, abuelo?
-Porque solo sabíamos imitar, imitábamos a los demás, nos dejábamos llevar por lo que nos contaban, nos creíamos las mentiras, habíamos perdido el sentido común y crítico, habíamos perdido la percepción de la realidad.

-Sigue, abuelo… Nunca me cansaré de escucharte.
-Fue nuestro despertar, hijo, nos dimos cuenta de que sólo juntos teníamos el poder. De que la empatía y la unidad eran nuestra fuerza, aprendimos a pensar en el prójimo, a ser solidarios, a querer y a respetar a los nuestros, a nuestros vecinos, a pasar tiempo con ellos, aprendimos a levantar países, comunidades, a valorar el trabajo de los héroes, a que un abrazo y un beso nos llenaban de gordura. Que no teníamos que aparentar, porque hasta las luciérnagas iluminan la oscuridad.
-Menos mal, abuelo, sino ¿qué habría sido de mí, de nosotros?
-Menos mal, hijo.

María Pesos Argómaniz

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