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El pasado lunes 18 de agosto, mientras me preparaba para ir a trabajar a la Casa de la Imagen de Logroño, recibí la llamada de Carlos Bacaicoa, bombero jubilado y miembro de la ONG Coopera, con quien había estado en el Líbano hacía apenas dos meses documentando la situación allí. Me propuso acompañarle para ayudar en la emergencia de los incendios en el Bierzo. Mi primera respuesta fue una excusa: le dije que tenía compromisos y no sabía si podría organizarme. La verdad era otra: no estaba seguro de tener el valor para enfrentarme al fuego.
Después de hablarlo con mi mujer y encontrar en ella el empujón necesario, resolví lo pendiente en el trabajo y lo llamé de nuevo. Le dije que sí, que íbamos. Nos necesitaban.
El martes, a las seis de la mañana, salimos de Logroño rumbo a Ponferrada. Allí nos esperaba un grupo de voluntarios, más cargado de voluntad que de organización, a los que había que ayudar a coordinar. Carlos, con su experiencia en gestión de crisis internacionales, se puso manos a la obra, y en apenas un día, aquel caos comenzó a funcionar como un reloj bien engranado. Junto a Sergio, —un voluntario local que trataba de organizar la ayuda— , planificamos los puntos de acción. El problema era que había demasiados: focos que se reavivaban, incendios nuevos cada mañana y la sensación de que a los voluntarios no nos dejaban ayudar.
Puedo entenderlo: esto no es Valencia. Aquí entrar sin experiencia significa arriesgar tu vida y la de tus compañeros. Y yo, de fuego, no sabía nada. Lo que sí sabía era que estaba rodeado de gente muy preparada, que me cuidó con una generosidad inmensa y que me garantizaban mi salvaguarda, cosa que no me tranquilizaba demasiado. A ellos les debo la seguridad que tuve en esos días. Y, aunque llegué sin experiencia, siento que volví con un máster intensivo.
El mayor enemigo era la orografía. El Bierzo es una tierra montañosa, agreste, muy difícil para atacar un incendio. Muchas veces nuestra labor era contener, vigilar, mientras los medios aéreos entraban en acción. Cuando el fuego se acercaba a zonas críticas, entonces nos tocaba intervenir.
“Gracias por venir”
En los primeros días hubo pueblos que se quedaron solos. Personas que lo perdieron todo: sus casas, sus recuerdos. La impotencia y la desesperación de esa gente no se me borrará nunca de mi cabeza. A mi familia le contaba que el miedo al fuego era duro, pero la adrenalina ayudaba a plantarle cara. Lo realmente difícil, lo que más me quebró, fue sostener el abrazo de alguien que, llorando, me decía: “Gracias por venir”. Eso, más que el fuego, fue lo más duro de esta experiencia.

Yo intentaba documentar todo aquello con mi cámara en los ratos de espera, mientras nos autorizaban a entrar al fuego. Tenía una doble intención: por un lado, ayudar en lo que pudiera a toda esa gente que lo necesitaba, y por otro, dejar un testimonio fotográfico para que los demás pudieran ver de primera mano lo que estaba ocurriendo.
Cuando formas parte de un equipo de bomberos forestales voluntarios ya estás dentro; en el argot se dice que vas “empotrado”, como los periodistas que acompañan a las tropas en conflictos bélicos. Eso me permitía acercarme con ellos y conseguir imágenes de primera línea. Robert Capa lo resumió bien: “Si tus fotos no son lo suficientemente buenas, es porque no estabas lo suficientemente cerca”.
Yo intentaba mantener el equilibrio entre apagar el fuego y fotografiarlo. Había momentos en que las llamas eran tan feroces que podía sacar la cámara; y otros en que la urgencia era tal que no quedaba otra que dejarla a un lado y pasar a la acción.
Los días se fueron sucediendo así, entre humo, cansancio y turnos interminables. Cuando el cuerpo ya no respondió, tocó hacerse a un lado y dejar paso al siguiente. Esa es la dinámica: el fuego no descansa, pero los cuerpos sí necesitan descansar. Han sido 5 intensos días y ahora que ya he vuelto a casa reflexiono a cerca de esto y creo que alguien podría pensar que ayudar es un acto de pura generosidad. Yo no lo tengo tan claro. Creo que también tiene una parte de egoísmo: el hecho de saber que estás aportando algo te llena de orgullo, y esa sensación es difícil de describir pero es muy placentera. Puede que uno lo haga para sentirse mejor consigo mismo, puede que lo haga por los demás. Quizá no importe demasiado. Lo que importa es que se haga.
Al final, lo que me traje del Bierzo no fueron solo imágenes ni el recuerdo del humo en la garganta. Me traje la certeza de la fragilidad de la vida, la fuerza de la gente y el valor de estar, aunque sea un rato, del lado de quienes resisten. No sé si fui allí a ayudar o a ayudarme, si lo hice por ellos o por mí. Pero entendí que, en momentos así, la duda pesa poco: lo único que importa es no quedarse quieto mientras el vecino te necesite. Tal vez mañana sea yo el que pida ayuda.
Imanol Legross (Haro, 1983) es fotógrafo, amante del reportaje y el “nervio” de la escuela de la Casa de la Imagen de Logroño. Ha expuesto sus trabajos en multitud de salas, además de haber publicado el libro de retratos ‘Mi nombre es Haro’.
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