Hace casi dos décadas, un niño de apenas cuatro años llamado Pablo Marín, acompañado por su abuelo, seguía los partidos de su padre Fernando en El Mazo sin saber que un día él también haría vibrar a miles de aficionados en un campo de fútbol.
Corría la temporada 2007-2008. En aquel Haro Deportivo jugaba un mítico del CD Logroñés, Fernando Marín. Junto a él estaban futbolistas como Roberto Ochoa, los hermanos Luis y Gonzalo de la Fuente, sobrinos del seleccionador español, Javi Pérez, Alfredo, Olavarrieta, Mayordomo o Aitor Leiva, autor aquel año de tropecientos goles. Dirigidos por José Sánchez Lorenzo, firmaron una gran temporada y alcanzaron el playoff de ascenso a la Segunda División B, en el que cayeron ante el Sant Andreu.
Para Fernando Marín, aquella temporada fue la última antes de colgar las botas. Y no fue una despedida de esas por la puerta de atrás. El exjugador del CD Logroñés, con experiencia en Primera División y tras pasar también por el Badajoz, dejó en El Mazo destellos de su clase: dueño de la banda derecha, tanto de interior como de lateral, marcó bellos goles de falta y puso centros medidos que en Haro comparaban a los que ponían Figo, Beckham y compañía.
“El niño del tambor”
Pero más allá del césped, había otra escena que muchos veteranos del lugar no han olvidado y que recuerdan con cariño. En la grada, Pablo, que apenas era un crío, tocaba un pequeño tambor durante casi todo el partido, con esas ganas que le ponen los niños a las cosas cuando les gustan. A su lado, su abuelo defendía al pequeño de las quejas de algunos socios veteranos que, entre la broma y la desesperación, le pedían que parase, que casualmente les estaba poniendo “la cabeza como un tambor”. “Si al niño le gusta tocar, que toque”, respondía el abuelo de Pablo. Y el pequeño, como si no fuera la cosa con él, seguía dando la matraca con el tambor, para desazón de algunos.

Pero también quedan recuerdos de cercanía. Aquella última temporada, la familia Marín, originaria de Arnedo, recibía a aficionados del Haro en la puerta del campo de Sendero con los brazos abiertos. “Eran muy buena gente”, recuerda con una sonrisa uno de esos socios veteranos.
Han pasado ya 18 años de todo aquello y el niño del tambor creció, cambió la grada por el césped como hizo su padre y el sonido improvisado de un tambor por el golpeo preciso a un balón. Pablo Marín, hoy jugador de la Real Sociedad, ya había vivido la Copa desde dentro como recogepelotas en Anoeta. Pero esta vez le ha tocado escribir su propia historia.
Pablo Marín y un penalti que no olvidará JAMÁS.
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— RFEF (@rfef) April 18, 2026
En la final de este sábado en La Cartuja, en Sevilla, el riojano asumió la responsabilidad de lanzar el último penalti de la tanda ante el Atlético de Madrid tras un encuentro de infarto. Lo lanzó arriba, cerca de la escuadra, imposible para Musso, como también los lanzaba su padre Fernando. “Me ha tocado a mí lanzar el último penalti como le podría haber tocado a otro”, dijo después a las cámaras de Movistar. “Estoy muy feliz de vivir esto con esta gente, con este club que es el mejor. Antes de la tanda estaba nervioso, pero he tirado arriba y ha entrado”.
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