Hace dos semanas, el Ayuntamiento de Haro alzaba la voz para denunciar públicamente varios actos vandálicos en la pista de juegos de El Mazo. El relato es, por desgracia, conocido por todos: mobiliario destrozado y cables de acero sueltos. Es lógico y necesario que el consistorio denuncie estas actitudes incívicas que pagamos todos de nuestro bolsillo. Sin embargo, lo que empieza como una queja legítima contra los “bárbaros”, termina revelando una realidad igual de preocupante: la falta de reflejos y la dejadez en el mantenimiento.
Un peligro a la vista de todos
Resulta sorprendente que, catorce días después de los hechos, el estado de la instalación siga siendo lamentable. Esos cables de acero, que en su día formaban parte de un espacio de ocio, se han transformado hoy en una trampa peligrosa para los niños y jóvenes que frecuentan el parque.
Si el Ayuntamiento conoce el daño —porque así lo ha denunciado—, no se entiende que no se haya aplicado una medida de mínimos. No hablamos de una reforma integral inmediata, sino de puro criterio preventivo: enviar a un operario a recortar las partes peligrosas o asegurar la zona para evitar un susto mayor. Denunciar el vandalismo en redes sociales está muy bien, pero proteger la integridad física de los vecinos está mucho mejor.
El arte de mantener
Este episodio en El Mazo pone de manifiesto una verdad que parece olvidarse en los despachos municipales: lo difícil no es inaugurar cosas, sino mantenerlas. Inaugurar da una foto bonita y un titular rápido.
Mantener requiere presupuesto, seguimiento y, sobre todo, una gestión eficiente del día a día.
No basta con lamentar que unos pocos rompan lo que es de todos. La administración tiene la obligación subsidiaria de reparar con agilidad. Dejar una zona de juegos en estado crítico durante semanas bajo el pretexto de “es que lo han vandalizado” no es una explicación válida, es una dejación de funciones.
Haro merece instalaciones cuidadas, pero sobre todo merece gestores que no se limiten a ser notarios de la desgracia. Menos denuncias vacías y más cizallas para cortar el peligro de raíz. El vandalismo es un problema social; la pasividad ante el riesgo es un problema político.
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