El hecho de llamarse Napoleón

¿Cuántas películas habremos visto sobre adolescentes y sus vivencias en los típicos institutos norteamericanos? Un montón por no decir unas mil. Todas llenas de clichés y estereotipos. Chicas explosivas, chulos de playa y el típico ‘freak’ del que se ríen todos. Pues de todo esto habla ‘Napoleon Dynamite’, pero como su propio título propone, el filme de Jared Hess (debutó con esta película) dinamita todos aquellos clichés y los eleva a la máxima potencia.

La película de Hess no es que sea lenta, es que tiene un ritmo particularmente tranquilo, con un montaje simple, pero directo y que, en sí, es uno de los logros de un producto en el que sus actores (sobre todo el trío protagonista) funcionan desde el primer vistazo.

Jon Heder es Napoleon Dynamite, y el tio lo borda. Su papel de joven enajenado metido en un montón de peripecias de lo más surrealista es para mear y no echar ni gota.

Napoleon es un joven enajenado, que vive en su mundo durante todo el día. Disfruta dibujando anormalidades en su cuaderno y soñando con lo imposible. Es objeto de burla por sus compañeros e incluso su tio (que vive anclado en los años 80 y se cree casi Dios) se ríe de él. Su hermano mayor se pasa las horas en el chat hablando con su novia de Detroit. Y hasta aparece la mítica secuencia del baile de graduación. Y una canción mitiquísima.
En fin, un título éste de lo más recomendable para reirse con algo completamente diferente a lo visto ya.

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