FOTOS: “Sajazarra, tiempo resguardado en la piedra”

En esta casa que es Sajazarra, pues toda la villa le acoge como anfitriona de carne y de piedra, el turista sólo está de paso, así que no le queda más que contemplar y admirarse
El conjunto es armonioso, nada desentona, y los toques modernos maridan con el conjunto como el olor a chuletillas de cordero al sarmiento que nos recibe huele a Rioja | Foto: Rocío Ortiz

“Uno de los pueblos más bonitos de España”, reza el cartel a la entrada de Sajazarra. No en vano, así fue declarado hace dos años. Pero, ¿hacía falta? Quiero decir, ¿acaso no salta a la vista, ya desde lejos, cuando vislumbramos su castillo y la torre de su iglesia sobresalir a la par entre los campos de vid, girasoles y cereal?

¿Y qué hay que hacer para que te declaren bonito? Lo primero, verte bonito. Cuidarte. Preservarte. E incluso, por qué no, dotarte de algún toque novedoso. Piedra sobre piedra.

Por Sajazarra no pasan los años

Sajazarra está perfectamente conservado. Todas las casas de su casco son de piedra de sillería, incluso las reformadas. El conjunto es armonioso, nada desentona, y los toques modernos maridan con el conjunto como el olor a chuletillas de cordero al sarmiento que nos recibe huele a Rioja.

Foto: Rocío Ortiz

El toldo rojo de una tienda nueva, la Alacena de Saja, llama la atención del visitante, a pie, pues ha debido dejar su vehículo previamente en el aparcamiento gratuito de la entrada de la villa.

La Alacena estaba a la hora de nuestra llegada lamentablemente cerrada. No coincidimos con su horario, hasta las dos los domingos. Pero recordamos de visitas anteriores sus delicatessen, sus productos exquisitos y de buen gusto, donde priman vinos y conservas, junto a artesanía, decoración y otros enseres.

Unos imanes de nevera a modo de souvenir decoran la puerta cerrada, recordando al visitante que se haya en un lugar especial. Porque bien podría sustraer alguno, pero sabe que no son suyos y que en esta casa que es Sajazarra, pues toda la villa le acoge como anfitriona de carne y de piedra, el turista sólo está de paso, así que no le queda más que contemplar y admirarse.

Del infinito buen gusto, de la calma, del tiempo detenido entre sus paredes de roca, de los balcones floridos, de las obras de arte contemporáneas integradas en el marco irrepetible que habrá de visitar, cautivado, una y otra vez.

Una de estas obras la componen dos manos, que, surgiendo cada una de paredes enfrentadas en el mismo callejón, tratan de asirse la una a la otra sin lograrlo nunca. El tiempo detenido, una vez más. El conjunto es obra de Migel Molina Alarcón, y ha dado origen a la leyenda de dos amantes.

Muy cerca de allí, la cabeza de un dragón como de hojalata sobresale por un lateral del edificio del ayuntamiento, mientras la cola asoma por el otro extremo. Esta obra la firma Óscar Cenzano.

Por resaltar una tercera obra moderna, que además descubrimos en nuestro paseo dominical, Dora Salazar nos regala ‘Una mujer en la luna’, una esfera metálica coronada y suspendida sobre nuestras cabezas en el magnífico paseo de la ribera del río, detrás del castillo, al otro lado de la entrada del pueblo, y a donde hemos llegado a través de un arco de medio punto medieval que une iglesia y biblioteca municipal.

En esta crónica no cabe todo, ni mucho menos, pero de lo mejor del pueblo es su carácter recogido, con calles en las que invito a perderse porque es imposible. Y, mientras estás allí, no te pierdes nada, pues, como decimos, el tiempo se detiene.

Galería de imágenes | Unai Maraña