Fin de fiesta

El verano llega casi a su fin, a ritmo de fiesta y verbenas a rebosar. Volverá la rutina, echaremos de menos durante un tiempo el jolgorio del pueblo y luego nos acomodaremos... hasta que deseemos de nuevo volver

Casalarreina era una fiesta cuando volví hace dos días, el pasado sábado. Ha habido de todo. “No he pegado ojo en toda la noche por el chumba chumba”, comentaba el carnicero el pasado domingo. Las primeras luces del día sorprendieron a los más trasnochadores que bailaban al ritmo de la orquesta ‘On fire’, que significa ‘A tope’ o, literalmente, en llamas.

En llamas parecía estar el cielo este pasado amanecer de lunes, sin “chumba chumba” de fondo pero más ‘On fire’ si cabe. Han sido muchos amaneceres, mientras casi todo el mundo dormía, los que ha contemplado y compartido este cronista desde este mismo balcón. Y los que quedan, pues siempre le quedará Casalarreina como refugio.

El pueblo como refugio

Su editor tiene que hacer ahora una criba de infinidad de fotos sin publicar. “Mete las de gatos, amaneceres, atardeceres, lunas, arcoiris, todo eso que arrasa en Internet” y que vuelve los contenidos ‘virales’, es decir, que se propagan como el fuego.

A otro pueblo que tiene por nombre ‘Llamas’ planea marchar el reportero. Llamas de Rueda, lleva por nombre completo, y no tiene nada que ver con aceleradas carreras de coches, sino que no pasa de ser una aldea leonesa, agárrense, sin cobertura ni internet.

¿Va a desconectar? Difícilmente, allí también son fiestas y estará lleno de familiares. Se perderá por los caminos, o por el monte, monte sin parcelar, sin viñas ni cultivos, monte que es pasto de las ovejas, guardadas por enormes y feroces mastines y acechadas por lobos de los de verdad.

Porque esto no es un cuento, no tiene final. El destino está siempre un paso más allá, la utopía sirve para caminar, que decía Galeano. Más allá de esos montes, de esa corriente, de ese lago, de ese mar, o, simplemente, del lazo que une a quien escribe tanto con Casalarreina como con San Sebastián. Tan fuerte como una cadena y tan libre como el viento que se llevará estas palabras.

Ha sido un placer. Les dejo con otro contenido que escribí hace un par de semanas, más o menos, pues aquí o allí, de veraneo, se pierde la noción del tiempo, pero prometo que acaba bien, de cine: vuelve al presente, de donde jamás nos movemos por mucho que corramos:

“Dos mariposas se revolotean mutuamente, bailan vertiginosas una en torno a la otra su danza de apareamiento, sobre el jardín de debajo de mi balcón”.

“Yo para ser feliz quiero un tractor, casi como diría Loquillo, y lo digo “un poco loco”. Pero de los que pone LOVE (Logroño Vehículo Especial). A Coco el de la peli le gustaría, me lo dice mi coco”.

“La estrella fugaz de Navidad tiene sitio permanente sobre la torre de la iglesia de Casalarreina. Será porque este pueblo es un regalo?”

“Las nubes oscuras de la mañana, bajo las que se cuela el amanecer triunfante, dan paso al sol inclemente del mediodía sobre el valle del Oja”.

“Que conste que yo me río hasta del Oja, pero todo esto lo digo muy en serio. O no?”

“This monkey’s gone to heaven”, claman The Pixies en mi loro. Si esto no es el paraíso, que baje Dios y lo vea.”

“Los mismos Pixies acaban de dar comienzo a “Where is my mind?” en mi casa. “Dónde está mi mente?”. Aquí y ahora. Con mi familia bien, no podría estar en otro sitio. Mejor, imposible.”

Aunque la canción de este verano, sin duda, ha sido “I want to hold your hand”, de los Beatles, que mi sobrina de cuatro años nos ha puesto en bucle. Esta va para esas manos de piedra que quieren asirse y no pueden en Sajazarra. Ojalá alguna vez lo consigan. Entonces, sí que, definitivamente, la piedra de Sajazarra detendría el tiempo, y ni usted ni yo tendríamos que dar por concluido el verano ni la fiesta.