El dolor tiene mil formas

Abre el Tribunal Supremo un chorro de aire fresco y para todas las víctimas de agresiones sexuales un motivo de esperanza

En un aserto magnífico el naturalista francés Antoine Apollinarie nos dejó el siguiente legado personal: “Hay dolores que matan: pero los hay más crueles, los que nos dejan la vida sin permitirnos jamás gozar de ella”.

Tras la sentencia del Tribunal Supremo en el caso ‘La Manada’, el letrado de la defensa quiso hablar de ausencia de dolor en la víctima, una mujer indefensa vejada, agredida, violada y humillada por sus clientes en la soledad inhóspita de un portal de Pamplona.

Quiso hablar de lo que pocas personas hubiesen hablado. Quiso una vez más poner en duda el testimonio doloroso de una mujer que tuvo el coraje de romper el silencio para llegar hasta el presente, cuando los magistrados del Supremo han redactado Justicia y Verdad.

Del mismo modo, tampoco la violencia tiene siempre porque suponer una expresión física contundente contra la víctima

El dolor no siempre es transparente, el dolor tiene mil formas, mil modos para comprenderlo. Y el dolor no tiene siempre motivo para ir acompañado de gestos, muecas, gritos ni vehemencias expresivas. El dolor de los justos es un concepto que solo requiere una laceración interna, una gran ruptura interior que no siempre va acompañada de una expresión exterior. Los traumas, el síndrome de estrés postraumático no es cosa de minutos y días, es un peso con el que tienen que lidiar mujeres, niños y niñas, cuando son víctimas de agresiones sexuales, de delitos contra su integridad e intimidad que les convierten en seres vulnerables y vulnerados.

Del mismo modo, tampoco la violencia tiene siempre porque suponer una expresión física contundente contra la víctima. La violencia verbal, la que algunas y algunos usan para desacreditar a las víctimas de estos graves delitos sexuales, causa tanto dolor como la física o incluso tal vez más, contemplada de otro modo.

Esa violencia verbal ejercida contra las víctimas, la que les pone en el ojo del huracán mientras sus victimarios sonríen ufanos contemplando como aún y con toda la gravedad que conllevan sus acciones, aún les quedan defensores que de un modo irracional santifican su actitud delictiva, poniendo excusas propias de una mentalidad machista, arcaica y absolutamente carente de empatía, es un modo insoportable, inaguantable e intolerable de vejación y humillación.

Un modus operandi basado en el exabrupto que se retuerce en el alma de las víctimas, que cuestiona su condición, que intenta negar su reconocimiento y reparación, incluso con sentencias condenatorias encima de la mesa. Un modo de actuación que intenta eternizar la hemorragia, condenar a la víctima por haber tenido la osadía de denunciar y no guardar silencio. Un canto a la irresponsabilidad y un tapizado ejercicio de violencia que se esconde entre las cortinas de la rutina, del descaro y la ausencia total de humanidad.

Porque a veces los delitos se convierten en algo más, son ataques contra los derechos humanos, contra la salud pública y contra el raciocinio más básico, ese que algunos dicen que diferencia al ser humano de las bestias.

Dolor y violencia no son siempre conceptos observables a primera vista, con la misma capacidad que observamos el primer rayo del sol entrando por la ventana de nuestro dormitorio. El dolor de una víctima de agresiones sexuales va más allá de laceraciones y contusiones, se cuela por dentro de la piel y llega hasta el alma.

Que un abogado sea capaz de entenderlo no debiera ser un problema para nosotras y nosotros, el problema es suyo porque le transforma de un modo kafkiano en un ser denigrado, carente de escrúpulos y muy alejado de la deontología profesional exigible, vulnerando en un desmedido ejercicio de irresponsabilidad principios como “se desarrollarán los mejores esfuerzos para evitar acciones de violencia, de la clase que sean, contra quienes defiendan intereses opuestos” o “la libertad de expresión no legitima el insulto ni la descalificación gratuita”.

El dolor de una víctima de agresiones sexuales va más allá de laceraciones y contusiones

Violencia verbal contra una mujer violada y descalificación evidente contra su condición de víctima, avalada por una sentencia del Tribunal Supremo.
Dolor y violencia, violencia y dolor. Una macabra combinación gratuita elaborada por la altanería infantil de quien no sabe reconocer que perdió la batalla judicial pese a que su tiempo real, el que un letrado debe cumplir en el proceso y no en la calle y en pleno canutazo ante los medios, ya finalizó.

Fue agresión y fue violación y la víctima, esta como tantas otras, que rompieron su silencio armadas de coraje, tienen el apoyo incondicional de quienes creemos en la expresión racional de la Justicia y en el logro de la verdad como caballo de batalla en aras de un reconocimiento firme y una reparación eficiente y real.

Abre el Tribunal Supremo un chorro de aire fresco y para todas las víctimas de agresiones sexuales un motivo de esperanza.

Repetir el dolor y la violencia contra una víctima, cuestionarla y doble victimizarla hasta la extenuación no es solo intolerable, es degradante para quien lo ejecuta. Claro está que al parecer algunos pretenden afianzar aquella frase del genial Isaac Asimov: “La violencia es el último recurso del incompetente”.