Pensamos la mayor parte de víctimas directas e indirectas de los delitos sexuales contra menores en el ámbito de la iglesia presentes hace unos días en el Vaticano que el daño causado por los clérigos pederastas es muy grave, pero que también lo es en medida similar el causado a las víctimas por quienes ayudan a ocultar estos delitos utilizando el escudo del encubrimiento.

Si el primero de los delitos ataca al menor en pleno proceso de forja de su personalidad, el segundo lo doble-victimiza hasta la extenuación alargando el proceso de agresión, alterando su recuperación y atacando de modo consciente, alevosa y premeditada su credibilidad social y transformándola en verdugo en lugar de víctima. Una de las reivindicaciones, transmitida en varios idiomas, por diversos activistas y víctimas es la de que quienes deben acometer las tareas pendientes con respecto a los delitos sexuales a menores dentro del ámbito eclesiástico depuren responsabilidades tanto en los autores de los delitos como en los encubridores, algunos demostrados e impunes.

Las exigencias de las víctimas

“El encubrimiento tiene por objeto evitar que un sujeto responda del delito que ha cometido y para ello es irrelevante si el delito encubierto ha sido juzgado o no. Lo único esencial es que efectivamente se haya cometido el delito previo y el sujeto lo sepa, pues en tal caso podremos afirmar sin duda alguna que está obstaculizando la acción de la justicia si se realizan las conductas encubridoras”.

Claro y transparente, tal y como lo dejaba por escrito en un artículo de El País, el penalista y jurista Octavio García Pérez en marzo de 2011. Para ello aludía a un auto del Tribunal Supremo de 28/4/1999. No es preciso que el delito encubierto haya sido previamente enjuiciado.

Abusar y agredir a un menor es un delito, pero facilitar vías de escape a los delincuentes poniendo tapones de información es un modo consciente de prolongar dolor

Es exigencia común entre todas las víctimas presentes en el viaje al Vaticano que no solo los pederastas con alzacuellos sean castigados y excluidos de la Iglesia sino que quienes han colaborado durante tantos años en facilitar su impunidad y la prescripción de los delitos cometidos, también reciban el mismo tratamiento. Algo que a este lado de la terrible realidad de la Iglesia nadie pone en duda. Abusar y agredir a un menor es un delito, pero facilitar vías de escape a los delincuentes poniendo tapones de información, maltratando una vez a quienes pueden y desean denunciar es un modo consciente de prolongar dolor y sufrimiento sin atenuantes posibles.

Durante mi cuarto día en tierra vaticana, compartí con víctimas de otras nacionalidades reivindicaciones, protesta y exigencias. No es de recibo que mientras en una sala los obispos discuten lo indiscutible, proponen cuestiones ya puestas sobre la mesa por las víctimas desde muchos años atrás, el ritmo del caracol presida el devenir de hechos. Los hechos no admiten más demora. ‘Apertio aurum’, hay que escuchar antes de que la cumbre termine la voz de sus víctimas. ‘Consolatrix aflictorum’, hay que consolar a las víctimas antes de las conclusiones de la cumbre y esto ya no se logra con perdones y golpecitos en la espalda.

‘Ecce Venio’, no llegamos hasta Roma para esperar en la puerta mientras los reunidos buscan rimas y tribulaciones con las que intentar aplacarnos y amortiguar nuestras quejas fruto del dolor.

‘Extra omnes’, todos fuera, pisando calle, afrontando el problema con valentía, mirando a los ojos de las víctimas y asumiendo compromisos de actuación con calendarios y plazos, sin más dilación.

‘Pedes in terra ad sidera visus’, con los pies en la tierra reconocer y reparar, porque del pecado al delito hay un trecho y elevar la liturgia como remedio del mal por encima de la punitiva de la justicia ordinaria es un galimatías de ya inviable sustento. La Iglesia no ha liderado esta lucha contra los delitos sexuales en su ámbito. Lo hemos hecho las víctimas y sin necesitar que nos tomen el relevo, si es preciso que se sumen a la lucha con franqueza, inmediatez y mucha transparencia. No más encubridores, no más delirios de grandeza.

Y es que… ‘Dum excusare credis, accusas’. Cuando crees excusarte, en realidad estás acusándote. Y a estas alturas de la película, en este lado, en el de las víctimas, ya nadie se chupa el dedo.

En las Filípicas de Cicerón se dice bien claro: Cuiusvis hominis est errare, nullius nisi insipientis in errore perseverare. “Cualquiera puede errar, pero sólo el necio persevera en su falta”.

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