Caminos abiertos en La Rioja Alta

El camino está trazado y no es nuevo para el cronista, pero espera hallar alguna sorpresa. Como cazador de estampas e instantáneas, sabe que la época del año y la luz pintan distintos paisajes ante sus ojos
Foto: Unai Maraña

Comenzamos nuestra ruta en Casalarreina, salida hacia Santo Domingo de la Calzada. El sol da muestras de que no nos va a dar tregua. A los pocos metros, un poste indica el kilómetro 28 de la Ruta Verde Oja-Tirón. Muchos otros paseantes han tenido en esta mañana soleada la misma idea, y nos cruzamos con no pocos caminantes y ciclistas.

Así que, pasado el hotel Valle del Oja y antes de la gasolinera que precede al Camping de La Rioja, decidimos tomar otro camino hacia la izquierda, cruzando con cuidado la carretera, desde la señal que indica Casalarreina a kilómetro y medio, y Haro, a 11. Ahora empieza lo bueno, pensamos, o esperamos.

“Los caminos discurren entre terrenos que siempre son de alguien”

El camino está trazado y no es nuevo para el cronista, pero espera hallar alguna sorpresa. Como cazador de estampas e instantáneas, sabe que la época del año y la luz pintan distintos paisajes ante sus ojos. Y tampoco quiere revelar en esta crónica todo el trazado, ni todo lo acontecido, pues teme que esta vía, más recóndita e intrincada, se masifique como la más hoyada que acaba de abandonar.

Foto: Unai Maraña

Este caminante recuerda más o menos dónde halló cierta vez huesos de lo que le pareció un cánido de tamaño pequeño. La vegetación ha crecido sobre lo que queda de esa osamenta. Encuentra lo que cree que es un omoplato, y lo usa para apartar el ramaje sin rasparse. No halla los preciados colmillos, pero sí una vértebra del animal, que guardará como obsequio para algún amigo que también guste de lo salvaje y primigenio.

Más adelante, ahí sigue el charco permanente en esa curva del camino, a la sombra de unos árboles por la mañana, y seguramente regado por los aspersores de los campos circundantes por la tarde. No es por contradecir a Machado, pero, en este caso, hay camino de sobra, lo andes o no. En La Rioja, además, o en esta parte, todo está parcelado, como hemos visto desde el aire, y los caminos discurren entre terrenos que siempre son de alguien.

Hasta lo que algunos creen bosque no es sino un cultivo de chopos, todos de la misma edad, alineados, algunos marcados con letras mayúsculas en rojo, y a su lado, incluso, troncos perfectamente talados que pertenecieron a sus hermanos.

Por haber, en este camino ya hecho, en medio de la chopera artificial, hay hasta un banco de madera muy urbano que aprovechan unos agotados ciclistas para reponerse.

Ruta ‘compartida con vehículos’

Y lo que faltaba: ya nos avisaba una señal a la entrada de la chopera de que esta ruta es ‘compartida con vehículos’. Pasa más de uno mientras atravesamos la, por otra parte, refrescante sombra de los chopos, de vuelta a Casalarreina.

Hacia el final de la chopera, vislumbramos el antiguo depósito de agua de la villa riojana. Una vez fuera de la protección de los árboles, el sol no nos da tregua, y proyecta nuestra sombra chata sobre la senda de tierra, pues son ya las 12 de la mañana.

Foto: Unai Maraña

El horizonte lo conforman viejos conocidos: las peñas Gembres y el monte Toloño, que todo lo ven en este valle desde el norte. Será el sol en su cabeza, pero el paseante se acuerda de otro monte que sólo ha visto por televisión: el Kilimanjaro, entre Kenia y Tanzania.

El Toloño no está, como aquel, cubierto de nieves perpetuas, pero también hace muga, pues a su sur todo es Rioja, sea Alavesa o Comunidad Autónoma, y a su norte empieza otro territorio, que algunos llaman Araba Saudí en esta época del año, y que comprende el enclave burgalés de Treviño.

No es tema baladí, este de las lindes, pues implican cambios de clima, de denominaciones de origen y hasta de zonas de influencia de unas lenguas u otras, aunque un servidor es más de donde se encuentre, porque pacer, sólo pacen las ovejas, que están muy ricas al sarmiento, así que vale de divagar y a casa, le ordena su estómago, más prosaico que su quijotesco cerebro.

Por cierto, nuestro cronista habrá de cruzar el Ebro y de atravesar esos montes de vuelta a Donostia, pero ya pasaremos ese puente cuando tengamos que hacerlo, disfrutemos de momento de esta tierra, que siempre nos espera con los brazos abiertos.

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