Paola Bilbao, Ainhoa Aranburu-Mendizábal y Marta Pérez Angulo.

A veces sucede que delante de nuestros ojos tenemos grandes historias de nuestro pueblo y ni siquiera reparamos en ellas. No es que se quieran ocultar, pero sí quizás no se les ha dado la verdadera importancia que tienen. Y eso es algo que han buscado las arqueólogas Marta Pérez Angulo y Ainhoa Aranburu-Mendizábal y la arquitecta Paola Bilbao: poner en valor y crear una memoria viva del relato social que encierra un edificio tan emblemático de la ciudad jarrera como es el del Hotel Los Agustinos, en otro tiempo convento, hospital, casa de beneficiencia, incluso estación de autobuses, pero también cárcel.

Fue en 1839 cuando el monasterio, mediante una Real Orden, fue cedido al consistorio jarrero para convertirse después en penitenciaria municipal. Después de aquello, la historia más conocida: como el convento fue declarado bien nacional y su antigua iglesia se transformó en teatro municipal, el actual Bretón de los Herreros.

Y como suele ocurrir con muchas aventuras y proyectos, todo empezó por casualidad. Lo reconoció la jarrera Marta Pérez Angulo en la presentación de este estudio de arqueología social ante la ciudadanía: “No tenía mucho sentido dejar algo que está ahí y que todos podemos ver. Si no conocemos lo que tenemos en profundidad, todo esto termina por perderse”, explicó. “A veces al hablar de arqueología sólo pensamos en esas excavaciones en el subsuelo, pero decidimos ponernos el reto de, con unos restos mínimos y sin realizar trabajos de excavación poner en valor ese periodo histórico”, apuntó Pérez Angulo.

Esos restos mínimos son las inscripciones que se pueden ver en las paredes de la parte interior del claustro del hotel, unos grabados que espolearon lo suficiente a Pérez Angulo y Aranburu-Mendizábal para embarcarse en este proyecto.

La arqueóloga Ainhoa Aranburu Mendizábal cataloga inscripciones durante el proceso | Imagen facilitada por el equipo investigador

Un proceso intenso

Pero el proceso no ha sido sencillo y les ha llevado casi cuatro meses de intenso trabajo de investigación, un periodo en el que también pidieron ayuda a Paola Bilbao, arquitecta, amiga de Pérez Angulo, y que contribuyó mediante la realización de una planimetría completamente nueva a que el equipo entendiera los planos del hotel y a imaginar después como fue la cárcel y su distribución en aquellos años.

La labor arqueológica se centró entonces en el claustro que se convirtió en el ‘yacimiento’ donde las tres investigadoras comenzaron a estudiar las inscripciones (denominadas unidades gráficas para el proyecto) y archivarlas mediante fotografías y fichas explicativas. En total 168 inscripciones legibles y otras 23 inteligibles que se fueron individualizando y que reflejaban nombres propios, lugares de procedencia, cruces, distintos dibujos y hasta los años de condena de alguno de los presos, lo que pudo proporcionar importante información a las investigadoras.

Cárcel mixta

Los nombres de lugares dejan claro que la cárcel sirvió en aquella época no sólo para albergar presos de Haro sino también otros llegados de localidades cercanas como Briones (una de las inscripciones más claras) o Casalarreina.

Para entender todos estos grabados un poco más, el equipo también tiró del archivo municipal de Haro y bibliografía especializada, donde encontraron listados de presos con sus lugares de procedencia. Descubrieron que se trataba de una cárcel mixta, aunque en las paredes del claustro sólo han encontrado dos inscripciones con nombres femeninos. Según las investigaciones, Aranburu-Mendizábal explicó que, en su mayor parte, los presos eran jóvenes encerrados por delitos menores aunque también los hubo por delitos mayores. De hecho, además de las típicas celdas con su ventana orientada al sol, en las que incluso faltaban las camas y que estaban en unas “condiciones pésimas”, también existían otras destinadas a castigos especiales y que no tenían ni siquiera ventana. Las denominadas celdas de aislamiento.

Memoria histórica

Al final, el objetivo no es otro que el de poner en valor otra de las utilidades que tuvo el edificio del Hotel Los Agustinos y dar voz, por medio del estudio de las inscripciones, a los presos que ocuparon la cárcel en aquella época. “Mediante los grabados se huye del anonimato y se crea una memoria”, indicó Aranburu-Mendizábal. De hecho es algo que ya se ha hecho en otros lugares “para no caer en la desmemoria” como destacó la arqueóloga. Es el caso de la cárcel de Ondarreta, en San Sebastián, un espacio religoso que se convirtió en cárcel y con el paso del tiempo ha terminado como complejo deportivo. “Sería bueno promover iniciativas como las de esta cárcel con el fin de crear una conciencia ciudadana”, indicó.

Pero este estudio no se detiene aquí. El equipo quiere seguir más allá. La misión es seguir profundizando en el archivo municipal jarrero y en los testimonios personales. Pero también establecer si durante el siglo XIX no sólo hubo presos encerrados por revueltas populares sino también por delitos de carácter ideológico-político. “Consideramos que es bueno también para nuestro pueblo dar a conocer estas microhistorias, historias de carácter más cercano, de vidas cotidianas que nos pueden ayudar a comprender mejor a la sociedad jarrera que vivió un periodo duro y complicado como es la Guerra Civil”, explicó Pérez Angulo. “De esta forma, huimos de la historia más tradicional, la de los grandes acontecimientos, para centrarnos en una historia más social, que revierta de una forma más cercana en todos aquellos que tuvieron algún familiar en la cárcel de Haro, o simplemente quieran conocer más acerca de un periodo del que hoy en día sigue siendo complicado hablar”, zanjó.

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