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La Biblioteca Popular de Haro de 1903

Durante el mes de septiembre del mismo año, el maestro Fernando Molinero solicitaría el local que había ocupado la Escuela de Artes y Oficios con el fin de instalar la auxiliaría creada por el Ayuntamiento
Sala de la biblioteca que estuvo ubicada en el antiguo Banco de España | Foto: Fernando de la Fuente

En sesión celebrada el 24 de marzo de 1902, se daría cuenta de una comunicación del director general de Agricultura, Industria y Comercio, fechada el día 12 del mismo mes, y otra del Director General de Obras Públicas, de la misma fecha, concediendo a la Corporación:

El primero, una colección de obras de agricultura con el fin de difundir los conocimientos agrícolas. Libros que llegarían a la Ciudad durante el mes de abril, siendo depositados en la antigua Escuela de Artes y Oficios, local en el que en estas fechas ensayaba la Banda de Música. En total 58 volúmenes, 16 cuadernos y cuatro hojas.

Y el segundo, una bonita colección de libros destinados a la sociedad Unión Obrera Harense.

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Durante el mes de septiembre del mismo año, el maestro Fernando Molinero solicitaría el local que había ocupado la Escuela de Artes y Oficios con el fin de instalar la auxiliaría creada por el Ayuntamiento, demandando una persona que se encargase de su limpieza y sobre todo que se sacase los libros para su buen uso por los interesados en su estudio.

Sin embargo la reclamación no sería atendida, por lo que pasado algo más de un año, a primeros de diciembre de 1903, el señor Molinero volvería a insistir apoyado en esta ocasión por numerosos vecinos, que solicitarían que el Ayuntamiento liberase los libros que tenía cautivos para ponerlos en manos de los jóvenes estudiantes.

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Una biblioteca encerrada bajo siete llaves, decían, hace el efecto de un tesoro escondido en las entrañas de la tierra; es como luz que iluminase un aposento vacío; ideas, pensamientos, enseñanzas que nadie aprovecha; semilla que no se esparce; venero de riqueza espiritual que no circula.

El Ayuntamiento, guardando en aposento cerrado, a cal y canto, los libros que el Ministerio donó a todo el vecindario, detenta derechos ajenos, ya que no les daba el destino para el que fue hecho el regalo.

Ya hacía tiempo que con estos libros, junto a los que pudieran haberse recibido de particulares, bien podría haberse creado una biblioteca para exponerlos al público. Indicación que sería recogida por el Consistorio, que, para que todos creyesen en sus propósitos de llevar a efecto la pretendida aspiración cultural del vecindario, nombraría una comisión que se encargase de buscar un local que la acogiese, la cual, tras echar un vistazo a los locales que disponía el Ayuntamiento y no encontrando otro mejor, sin gasto, designaría la sala destinada a los concejales para su ubicación.

Sin embargo los libros continuarían en su arrinconado encierro, ya que parece ser que al Ayuntamiento le dolía solo el pensar en el dinero que debería invertir en ello. Motivo por el que, nuevamente, el maestro Fernando Molinero se vería obligado a intervenir para comunicar a los munícipes, que podían guardarse los cuartos para mejor destino, pero que, por favor, liberasen los libros, ya que los maestros de las Escuelas de adultos los repartirían entre sus alumnos con el solo objeto de consultarlos en calidad de préstamo. Y que si la idea no le parecía bien al Consistorio, persistiendo en no gastar un céntimo en conserje, luz, estanterías y local, mejor que regalase los volúmenes al Centro Obrero, ya que cualquier fórmula era preferible al estancamiento de la ciencia que pudiera contener la fallida biblioteca.

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