Cuando llegué a China hace ya dos años, me dio la sensación de que este país necesitaba ayuda. Tenían el dinero y los mimbres, pero le faltaba a China claramente la técnica y los conocimientos para seguir creciendo como potencia mundial.

La ciudad donde resido, Shanghai, es un hervidero. En el estricto sentido de la palabra. Locales y extranjeros en una vorágine de días y noches, y la cultura china alienta, sin miramientos, la competencia personal entre unos y otros, el todo vale, y quien no se mueve y no pelea, no sale en la foto.

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Pero, ¿por qué? La explicación hay que buscarla en la educación recibida por los chinos. Durante la infancia y adolescencia, la sociedad china promueve en sus niños y jóvenes una idea que actualmente se rige por aspectos como la economía y el potencial avance de este país como posible dominador del mundo en un futuro reciente. La idea es sencilla:

“Prepárate para el futuro lo mejor posible, estudia, sé el mejor y no concedas ninguna ayuda a tu vecino pues mañana podría ser tu rival o el otro candidato a ese puesto de trabajo al que te has postulado”.

Sus ciudadanos carecen de habilidades sociales, arrastran muchos problemas en materias como empatía, presentaciones en público, relaciones laborales o solidaridad.

He ahí que los niños chinos comienzan su jornada antes de las 8 de la mañana, recibiendo clases en los exigentes colegios de Shanghái (reconocida como ciudad número uno del mundo en resultado escolar en materia de matemáticas). Aún se mantienen en los colegios la escucha del himno de la república antes de comenzar las clases. Cerca de las cinco de la tarde los colegios se vacían y las academias extraescolares se llenan. Violín, piano, inglés, natación son algunas de las materias seleccionadas por los padres para ocupar el “tiempo libre” de los infantes antes de seguir con las tareas del cole en casa en jornadas maratonianas que terminan cerca de las 10 de la noche y que no dejan tiempo a los niños para averiguar qué es el escondite, las canicas o incluso los primeros amores.

¿Cuál es el resultado de este sistema? Pues uno muy negativo que a día de hoy no ha hecho más que debilitar a un país con un potencial extraordinario. Sus ciudadanos carecen de habilidades sociales, arrastran muchos problemas en materias como empatía, presentaciones en público, relaciones laborales o solidaridad. Aunque, por supuesto, existen excepciones.

Imagen: Pixabay

Pero, sin duda, humanitariamente, es triste ver cómo hordas de jóvenes en su día a día se enfrentan contra sus fantasmas y cómo van perdiendo el brillo de sus ojos cuando se dan cuenta que esa supuesta vida de éxito se queda sólo en una suposición. Si no eres el mejor, no te has casado y no tienes la vida asegurada antes de los 30 eres un fracasado. No hay medias tintas en China, no hay grises, sólo blanco o negro. Y claro, los puestos de éxito están reservados para los mejores; y en una ciudad de 35 millones de habitantes, no hay cajón de podio para todos.

China tiene una de esas enfermedades crónicas con una difícil vacuna que pasa por un cambio hacia adelante, un reconocimiento de errores y una profunda metamorfosis de las bases sociales y educativas que llevará mucho tiempo y mucho esfuerzo. La buena noticia es que los chinos son trabajadores y con una cultura milenaria que les da una base que países como Estados Unidos no tiene y que les va a permitir madurar y aprender a largo plazo cómo llegar a ser aquello para lo que están llamados:

“Dominar el mundo a nivel económico y empresarial”.

Imagen: Pixabay

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Trabajador español en China. Amante de las curiosidades, viajes, gastronomía, tecnología y 'gadgets'. Ofreceré información interesante sobre un país que es capaz de lo mejor y de lo peor.

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