Volvemos a la batalla

Trescientas sesenta y cinco aceras después, volvemos a los riscos. A la tierra irregular, al barro resbaladizo, a los charcos de vino y risa
Trescientas sesenta y cinco aceras después, volvemos a los riscos. A la tierra irregular, al barro resbaladizo, a los charcos de vino y risa

Trescientos sesenta y cinco días después, volvemos al mismo sitio; un sitio que nunca está igual que el año pasado porque nosotros nunca estamos igual que el año pasado ni que el anterior. Pero la tradición es eso : ese lugar donde reconocerse; siempre lo mismo, siempre diferente.

Trescientos sesenta y cinco pasos después volvemos a la casilla de salida. Una salida que es la meta de una carrera llena de rutinas y días parecidos entre sí. Volvemos a inventar nuevas carcajadas para nuevas anécdotas que no olvidaremos.

Trescientas sesenta y cinco aceras después, volvemos a los riscos. A la tierra irregular, al barro resbaladizo, a los charcos de vino y risa. Al campo de batalla más apetecido. Aquel que no contiene hazañas bélicas sino fotos de familia.

Volvemos a ser amigos en la batalla, a ser familia que sólo pelea con vino como munición

Trescientos sesenta y cinco zapatos después, volvemos a las botas. Botas llenas de munición líquida ansiosa de ser disparada en forma de hilo nervioso que busca ese blanco inicial del que nunca se mancha. Porque todos sabemos, hasta el cura, que nadie baja de los riscos sin mancharse, sin teñirse de fiesta.

“Mañana, en la batalla, ahí estaré” | Foto: Donézar Fotógrafos

Trescientas sesenta y cinco clases después, volvemos al recreo. Al porrón de niños jugando a ser jarreros del pasado jueves en la Batalla Infantil. Guerreros de mosto que miran a San Felices desafiantes: «Mañana, en la batalla, ahí estaré ». A los jarreros en la reserva que enseñan los secretos de la batalla con aire de fatiga y alegría.  

Trescientas sesenta y cinco mañanas grises después, volvemos a San Felices. Escribiendo en esa página abierta siempre en blanco que el vino nos da vida y alegría. Nos da razón de ser y razón de estar. Nos da cuerpo y alma. Cuerpo de fiesta y alma de uva.

Trescientos sesenta y cinco suspiros sin alivio después, volvemos a Bilibio. A almorzar juntos, a beber juntos, a ser juntos, a construir relatos y futuras resacas, a ser amigos en la batalla, a ser familia que solo pelea con vino como munición.

Trescientas sesenta y cinco guerras después, volvemos a la batalla.

Cuerpo de fiesta y alma de uva | Foto: Donézar Fotógrafos